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Francisco Pomares

Malas (y buenas) noticias

La lista histórica de positivos en Canarias superará probablemente hoy los 200.000, de los que cerca de 75.000 son positivos activos. Eso quiere decir que lo largo de toda la pandemia se ha registrado el contagio de algo menos del 10 por ciento de la población de las islas, y que de esa cifra, casi el 40 por ciento han sido infectados en las últimas semanas por la variante ómicron. La desproporción es tan brutal, que ayer se batió un nuevo récord de personas registradas como positivas en un día, con más de 6.800. Durante el confinamiento, el récord de positivos diarios fue de 147, en la segunda ola de 382, de 363 en la tercera, 329 en la cuarta y 1.203 en la quinta. Es razonable que los sistemas de salud estén saturados, entre otras cosas porque se dobló el número de camas, pero no el de personas para atenderlas.

Lo sorprendente es que no puede decirse que no supiéramos lo que iba a pasar. Lo sabíamos. Esa señora alemana que suele decir lo que piensa, doña Angela Merkel, nos advirtió de que todos seríamos positivos en un par de años. Anteayer fue la OMS la que anunció que en dos meses la covid habrá contagiado a la mitad de los europeos. Y eso significa que habrá también, y por desgracia, muchos muertos. En Canarias, durante las últimas dos semanas está muriendo una media de seis a siete personas diarias. Resulta terrible y estremecedor. Y también, probablemente inevitable.

Esa percepción de estar sobrepasados, de haber perdido la batalla, porque la estrategia de esta guerra, tras el comienzo de la vacunación, no contemplaba algo tan infeccioso como el ómicron, es lo que ha producido el radical cambio de discurso y de paradigma en relación con el virus. Y así debe ser: no podemos acabar con él, asumamos pues las consecuencias de su expansión e intentemos evitar al mismo tiempo el colapso de la economía y de los servicios de salud. Siendo conscientes de que millones de casos de infección van a provocar el mismo impacto moderado de un catarro y un constipado. Quienes comparan esta enfermedad con la gripe, salvando las necesarias distancias, no andan del todo descaminados: la gripe también es muy infecciosa y también mata gente, a veces mucha gente. Lo que ocurre es que ya es conocida por nuestras defensas y nuestro sistema de salud. Forma parte desde hace siglos de nuestra cultura. La covid no. Sobre esta nueva enfermedad y contra ella, hemos dicho y hecho demasiadas tonterías, algunas para justificar nuestra lógica ignorancia ante lo desconocido, o nuestra incapacidad para responder a lo que sucedía, por falta de previsión, medios o problemas logísticos.

Este no es el momento de volver a hacerlas: pudiera ocurrir que los contagios caigan en picado en las próximas semanas, como ha ocurrido en otros lugares. Pero ni podemos asegurar que vaya a ocurrir así, ni tampoco cuándo. De momento, nuestra pandemia se comporta como la mayor parte de las grandes epidemias de la historia. El debate sobre si lo que vivimos ahora es una pandemia, una endemia es tan ridículo como precipitado. Más que discutir cómo llamar a lo que nos está ocurriendo, deberíamos exigir información sobre lo que de verdad sucede y sobre lo que puede hacerse: renunciar al esfuerzo estadístico, cada día más falseado por la imposibilidad de testar a todo el mundo, modificar la estrategia sanitaria (ya se está en ello: menos días de aislamiento para los contagiados, aumento de la presencialidad, concentrar la atención sanitaria en los casos graves) y decir siempre la verdad, sin miedo y sin objetivos propagandísticos, admitiendo que la pandemia durará y no queda otra que convivir con ella, cruzando los dedos para que la próxima variante no sea la walking dead.

No se puede mantener a una sociedad moderna en permanente confusión. No se trata de alarmar, sino de contar lo que está pasando –que la variante dominante ha cambiado– y de explicar por qué ahora se adoptan medidas que ayer habrían sido calificadas de suicidas. Nada apunta a pensar que esta sea la desgracia que va a socavar el futuro de la Humanidad, es el calentamiento quien tiene todas las papeletas de esa rifa.

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