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Alfonso González Jerez

RETIRO LO ESCRITO

Alfonso González Jerez

El derecho a ser esclava

Nadie ignora que Groucho Marx se negó a formar parte de un club que lo admitiera como socio, precisamente porque al admitirlo como socio el club quedaba descalificado (sobre todo para él). Es un razonamiento similar el que llevó decir a Gore Vidal que a todo aquel que fuera capaz de ganar las elecciones presidenciales en Estados Unidos debería impedírsele acceder al cargo. Sin embargo existen otras sensibilidades. Un grupo de mujeres lleva tiempo batallando legalmente para que la Esclavitud del Cristo de La Laguna, una asociación pública de fieles católicos que se remonta al siglo XVII, no sea exclusivamente masculina. Es un colectivo de perfiles linajudos en el que siempre han querido fungir viejos patricios y nuevos ricos laguneros –y no solo laguneros–. Por lo que yo sé se dedican básicamente a colaborar con la Diócesis en las labores del culto del santuario y a procesionar con su talla favorita con gesto adusto, ataviados con trajes y guantes negros, con lo que a ratos recuerdan a José Luis López Vázquez y otros a un secundario de Matrix. En esta sociedad han intentado entrar varias señoras que en su día, y confirmada la negativa de los esclavos mayores a incorporar mujeres, acudieron a los tribunales de justicia. Tras dos sentencias favorables –en un juzgado de primera instancia y en la Audiencia Provincial– el Tribunal Supremo les ha cerrado definitivamente el paso.

Un servidor, desde un modesto agnosticismo y cierta repulsión por toda organización eclesial, no acaba de entender el irresistible encanto de pertenecer a la Esclavitud del Cristo de La Laguna. Cualquiera puede pasear por el centro lagunero con trajes y guantes negros, expresión de lumbago cronificado e incluso un cirio al final de un palo largo como una encíclica. Nadie se lo va a impedir. Me imagino que cualquiera –también– puede mantener una relación con la personalidad religiosa que se le confiere a Cristo –y sobre todo, con sus enseñanzas morales– sin disponer de carnet de socio expedido por un club sito en la Ciudad de los Adelantados. No deja de ser misterioso el anhelo de pertenecer a una asociación que porfía una y otra vez por no quererte entre los suyos. Y para disfrutar de una corbata o un sombrero negro con ir de compras a Godiño tienes bastante.

Pero por estrafalario que sea el propósito de las denunciantes, por nimbado que esté su intento por la obsesión de alcanzar un símbolo de estatus, tienen toda la razón y les asiste todo el derecho a recurrir a los tribunales. Es grotesco que avanzado el siglo XXI se prohíba el acceso a las mujeres a cualquier entidad. En los estatutos de la Esclavitud del Cristo figura como sus fines fundamentales «promover entre sus asociados una vida cristiana más perfecta, el ejercicio de obras de piedad evangélica y el incremento de la devoción y culto a la Sagrada Imagen de nuestro Señor Crucificado». No hay una línea que puede justificar –incluso dentro de la ideología religiosa expuesta en los estatutos– la exclusión de las mujeres. De hecho, excluir al 51% de la población, ¿no supone evidentemente atentar contra el objetivo de «incrementar la devoción y culto» a la centenaria imagen? Lo más desagradable es que la Esclavitud del Cristo de La Laguna recibe una subvención nominativa del ayuntamiento de alrededor de 20.000 euros anuales, con el donoso pretexto de que la asociación contribuye al mantenimiento de un espacio y unos objetos singularmente valiosos desde un punto de vista patrimonial. Si tú recibes pasta de un Estado aconfesional debes cumplir con los valores de igualdad que se proclaman en la Constitución del mismo, que están por encima de cualquier disposición del derecho canónico. De manera que si algunas mujeres insisten en ser esclavas como un derecho en el camino hacia la plena libertad no debería haber nada que se lo impidiese.

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