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Eduardo Jordá

Juan Bautista Picornell, primer presidente de Texas

Hay vidas que parecen surgidas de una novela -una novela disparatada y sublime y divertida y trágica-, y así fue la vida de Juan Bautista Picornell, el primer presidente de la República Independiente de Texas que jamás puso los pies en Texas. Este maestro y pedagogo palmesano –y también conspirador y aventurero y falso médico y escapista que se fugó de numerosas prisiones (Palma, 1759-Cuba 1825)– fue condiscípulo del abate Marchena en Salamanca y compartió sus ideas ilustradas. Picornell fue, por ejemplo, el primer traductor al castellano de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, aunque su traducción –realizada en 1798– sólo pudo distribuirse de forma clandestina porque estaba prohibida por la Inquisición. Picornell también fue el primer pedagogo que propuso en España –y nada menos que en 1789- un sistema educativo que fuera estatal y que no estuviera controlado por la Iglesia. Y más importante aún, fue uno de los primeros defensores de una enseñanza sin castigos físicos contra los niños, que expuso en un tratado pedagógico titulado El maestro de primeras letras y que puso en práctica con su propio hijo. Picornell escribió también un tratado político inspirado en las ideas de la Revolución Francesa: el Discurso sobre los mejores medios de excitar y fomentar el patriotismo en una monarquía.

Picornell participó en varias conspiraciones contra el monarca Carlos IV y su valido Godoy. Fue detenido, encarcelado y deportado a Venezuela. Cuando llegó a Venezuela, Picornell tenía ya 40 años, pero fue en América donde la vida de Picornell entró en el territorio de la leyenda. Enseguida se involucró en otra conspiración e hizo imprimir numerosos ejemplares de La Canción Americana –una Marsellesa independentista–, cuyo estribillo decía: «Viva tan solo el Pueblo/ el Pueblo Soberano./ Mueran los opresores, / Mueran sus partidarios». Los promotores de la conspiración redactaron unas Ordenanzas que comenzaban de la siguiente manera: «En el nombre de la Santísima Trinidad y de Jesús, María y José, amén...», a lo que seguían 44 artículos en los que se establecían las bases del nuevo gobierno revolucionario, declarando que el movimiento era hijo de «la razón, de la justicia y de la virtud», que la esclavitud quedaba abolida y que los cuatro fundamentos de los derechos del hombre eran «igualdad, libertad, propiedad y seguridad». Pero la conjura venezolana fue descubierta y fracasó por completo.

Picornell tuvo que huir una vez más y escapó a los Estados Unidos. Primero se estableció en Filadelfia, y luego emigró a Luisiana, donde participó en un intento novelesco de invadir Texas –por entonces colonia española– con la ayuda del ingenuo y romántico general Humbert –veterano de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas–, además de una banda de corsarios dirigidos por los hermanos franceses Lafitte, que tenían su base en una bahía llamada Barataria y se hacían llamar los Baratarianos (todo es tan novelesco en esta historia que es de rigor que intervenga la ficción quijotesca y su ínsula Barataria). Picornell se hizo nombrar general del autodenominado Ejército Republicano del Norte y se proclamó presidente de la República de Texas o de las Provincias Internas de México, aunque esa República jamás llegó a tener existencia real. Como si se tratara de una novela de Cormac McCarthy, el ejército de Picornell -formado por aventureros, cuatreros y corsarios- jamás traspasó las fronteras de Texas y se limitó a proclamar la República Independiente desde Nueva Orleans. Después de ostentar la presidencia durante seis meses –entre 1814 y 1815–, Picornell acabó enfrentándose con los Estados Unidos, que lo declararon fuera de la ley, y también con la corona española, que lo declaró traidor a la patria. En febrero de 1815, Picornell renunció a su cargo de presidente de Texas sin haber puesto un pie en el territorio del que supuestamente era máximo mandatario.

Picornell murió en Cuba, en 1825, «completamente olvidado y en la indigencia», según el historiador José Luis Franco (uno de los pocos historiadores que se ha preocupado de seguirle el rastro). Que yo sepa, en Mallorca no hay ningún colegio ni instituto dedicado a su memoria, aunque este palmesano fue el primer defensor de una enseñanza estatal unificada y laica. Y si nadie quiere acordarse de él como pedagogo, quizá se merecería algún homenaje por haber sido el primer presidente de la fantasmagórica República de Texas que jamás puso los pies en territorio tejano.

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