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Luis Ortega

Gentes y asuntos

Luis Ortega

Mi hermano Manolo

Para siempre la imagen fraterna estará asociada a los tres hitos geológicos que marcaron nuestro siglo XX. En el primero, me eleva con sus brazos poderosos hasta la destiladera para que tocara las rocas ásperas y las bombas leves y pulidas del Volcán de San Juan, imagen que recordaré mientras viva. El segundo se concreta en su llamada el 26 de octubre de 1971 por la segunda erupción de la centuria que, por gracias a las mangas de Víctor Zurita, director de La Tarde, y a mis carreras contra el reloj, me llevó a Fuencaliente en el último Fokker y apenas cinco horas después. El tercer episodio, el pasado 19 de septiembre, nos cogió, móviles en mano, en la aplazada sobremesa y compartimos recuerdos e inquietudes porque, malacostumbrados por el familiar Teneguía –al que tuve la suerte y honor de bautizar– aún no había irrumpido el miedo ni se presumía el calado futuro de la tragedia de Cabeza de Vaca. En ese domingo señalado, mi hermano mayor, en todo orden y faceta, con su vieja pasión por los augurios, avanzó solemne: «Éste no llega a Navidad». Además de mis padres, hasta cuando fue posible y desde que tengo memoria y teléfono, todos los días hablé, con el mayor de los hermanos, guardián de los valores y nexo real y leal de la familia; y con Ana María, ejemplo de sinceridad y compromiso, mi seguidora inmediata, la penúltima en edad y la que, desde la niñez, se unió a mis gustos y enredos. Formamos, y seremos mañana en el modo posible, un triángulo indestructible, irregular claro, y sin precio, que salvó, y aún salvará, décadas con el amor, la fidelidad y complicidad del primer día; ajeno a conveniencias, intereses prosaicos y apariencias; una unión sin fisuras que nos brindó diarias satisfacciones y momentos estelares en todas las épocas y, sobre todo, nos permitió entendernos, ayudarnos y querernos frente a las pequeñeces, que se buscan, disputan, pesan, valen “y se pudren”, como denunció con valentía el jesuita español Luis Coloma que, con la hipocresía en el centro de la diana, fustigó la peor de las lacras humanas, agitó las conciencias y la narrativa decimonónicas y convirtió su novela del mismo título en el inesperado best seller de su tiempo.

Pilar, su viuda, José Mario y Luis Javier, sus hijos, Sara, su nieta, Ana, su amada hermana, que con Lino le entregó todo su tiempo y esfuerzo; sus sobrinos Diego, Luis Miguel y Belén…y yo, que con Helena, estuve y estoy para contarlo, en el duelo de amanecida y en todos los encuentros posteriores, hicimos de tripas corazón para compensar la pérdida con la inmensa contabilidad afectiva que, desde nuestra isla e insospechados y próximos rincones, se extendió sin freno ante su inesperada ausencia. A las llamadas directas y los WhatsApp, que no pararon desde el aciago mediodía del 21 de diciembre, se unieron voces y ecos en Facebook, Twitter e Instagram. Personas distintas, de sitios diversos, con oficios y gustos varios, dibujaron el retrato colectivo de un hombre bueno, sin dobleces y con la difícil y absoluta correspondencia de lo que se ve y lo que se imagina, un ser limpio, digno e inspirador de confianza, el amigo que todos queremos tener y del que podemos, con orgullo y sin jactancias, presumir sin descanso, porque su bondad no falló a nadie.

Cuando se liberó de obligaciones cotidianas y realizó escapadas periódicas por las islas, sembró con su naturaleza cordial y su generosidad de libro amistades que, poco a poco, toman conciencia de su pérdida, me transmiten su pesar y me impiden, día a día, olvidar y cubicar su pérdida.

En este tiempo raro que transitamos como Dios, nuestro instinto y los rígidos protocolos nos indican, cuando las cifras y las previsiones frustran los trabajos, estancan los proyectosy abortan las ilusiones, cuando la actividad pautada y la inventada no nos libera de la melancolía ni elude las causas que la provocan, evoco con voluntarista fruición las horas con Manolo desde donde me alcanzan los recuerdos; sus esfuerzos e ingenios para ser, sin suplantarlo ni reducirlo, un modesto alter ego del padre; una mano franca y fuerte para proteger a la saga numerosa; para sorprendernos con su desprendimiento y largueza en los tiempos estrechos; para surgir, como un mago, con la solución adecuada en el instante preciso; para ser el mejor hijo y el mejor hermano y, sin perder esos títulos, el buen marido, el padre más bondadoso y el abuelo más entregado; y aún más, el amigo fiel e innumerable que cumplió con los deberes del afecto en la vida y seguro que también más allá de la muerte.

Las noches agrandan y amargan las ausencias y más para quienes solemos ocuparlas con trabajos pagados u ocios volitivos –los vicios que llamaba Quevedo– con los que creemos crecer. Vuelven con la verdad y su rotunda nitidez las largas sesiones identificando rostros anónimos en placas de cristal y pioneras estampaciones de papel, revisando y situando las esforzadas tareas de los ambulantes, y leyendo y sopesando hallazgos del mayor nivel sobre personajes capitales y peripecias vitales de la admirable gente del común; admiré su intuitiva, voluntariosa, incansable e incomprendida labor que, para desgracia general, las acomodadas y comodonas instituciones públicas no han sido, ni nunca serán, capaces de comprender, valorar e incentivar.

Descubrí, además, la gran confianza que la honradez de José Manuel Ortega Abraham (1941-2021) despertó en sus paisanos que confiaron a su interés y buen criterio papeles con secretos y curiosidades familiares, que él cuidó, restauró, copió y reprodujo con el mismo celo con el que los especialistas tratan los incunables. La tarea se interrumpió abruptamente pero ni mucho menos ha muerto; así pues, no quedarán en el olvido sus inteligentes y sacrificados desvelos. Ese es un compromiso de sangre que cuenta con los más decididos albaceas de los que nadie pueda presumir; son los familiares más jóvenes y sus mayores admiradores, alejados de la bulla, el postureo y la platina y preocupados, desde la más tierna infancia, por los bienes del espíritu, que son los únicos duraderos.

En este punto, hermano, te confieso que, en el seguimiento documental de los volcanes históricos, Cabeza de Vaca –si somos consecuentes con la historia no se puede llamar de otro modo a no ser que una isla porque sí renuncie a medio milenio de historia y a su protagonismo en la aventura americana– registraba paso a paso, daño a daño, similares y peligrosas analogías con el Volcán de Martín, que los mismos obstinados quieren rebautizar, 375 años después, con la digna, voluntarista y dudosa toponimia aborigen. Cuando cabalgó diciembre pensé que era posible que el 21 del mes último podría llegar la paz, como en 1646, cuando nevó sobre el propio cráter, según la tradición piadosa por la intercesión de nuestra Madre de Las Nieves. Con los signos del ansiado agotamiento y con el conocimiento de tu acierto, te dormiste en paz no sin dedicarnos antes, a Ana y a Luis, tus fieles correligionarios, una sonrisa amplia y dulce que estamos seguros que no será la última, Manolo, querido hermano.

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