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Aquella voz

Pues ha querido el calendario que tras 140 semanas ininterrumpidas de escribir esta columna –más todo lo demás–, mis próximas entregas coincidieran con esos dos días exactos del año en que no se publican periódicos. Y aunque me ofrecieron escribir en otras fechas, me pareció que si los últimos artículos necesitaron el sobreesfuerzo –aunque no repercutiera en la calidad de la prosa– de escribirlos en las dispares condiciones de andar recorriendo 40.000 km, ahora tocaba parar. Parar estaba bien. 140 semanas. 980 días. Ni siquiera los japoneses con sus ocho días de vacaciones de media al año se permitían tan poco descanso.

Y aunque enseguida empezó la voz de la cagona en mi hombro derecho a aullar: «¡¿Dos semanas?! ¿Y si pierdes el hábito de escribir? ¿Y si los lectores te olvidan? ¿Y si te cambian por otro autor muchísimo mejor?». En paralelo, la cándida voz de mi izquierda señalaba hacia un balcón y exclamaba: «¡Mira! Esa planta es nueva, ¿no? ¿Y qué planta es? ¡Mira qué flores…! Son tan bonitas las flores… ¡Pero mira la sombra! ¿Verdad que la sombra de la planta recuerda a un dragón? ¡Tienes que escribir sobre las plantas! O sobre los dragones». Que, de haber sido un grupo de whatsapp lo silencio una semana, pero con las voces propias la tecnología poco tiene que hacer. Sucede que la misma disciplina milenaria japonesa responsable del Karoshi (literalmente, matarse a trabajar), tiene el Oosouji, que significa limpieza profunda. Lo que viene a ser como el fer dissabte mallorquín pero infinitamente peor.

Los nipones se arremangan en familia a final de año para empezar el nuevo sin arrastrar nada del anterior. Ni mugre física ni emocional porque es un hecho probado que además de acallar las voces cándidas y cagonas, como es afuera es adentro y limpiar a fondo y deshacerse de todo lo que ya no necesitamos, trae paz y orden a nuestro alrededor y a nuestro interior.

Cuando se marchara mi ex, allá un 29 de febrero (no soy una pirada, caramba, era bisiesto y esa es una anécdota memorable de las de para toda la vida), decidí calzarme un Marie Kondo –aunque ella aún no existía– y tras limpiar profundamente espacio a espacio y cajón a cajón, me quedé mirando aquel vacío tan nuevo en la mitad de cada mueble, de aquella casa antes con otro y lejos de sentir vértigo… confieso que el vacío me gustó. Y desde entonces, hace ya varios bisiestos, sigo vaciando. Y frente a esos lugares saturados en cada centímetro cuadrado con muebles, objetos ostentosos y prendas sin importar su valor, prefiero de largo los espacios que respiran. Aquellos en los que entra libremente la luz. Y se queda.

Y para cuando mi ex volvió –¡por supuesto que volvió!–. Aunque era exactamente la misma casa, con los mismos metros y los mismos muebles, de repente… ya no había espacio para sus camisas ni su vida. Pero también es justo reconocernos que no volvía por mí, por lo que fuera que hubiéramos sido en aquella sociedad limitada de nosotros, sino porque le aterraba descubrir que al abrir la boca ya no hablaba él –aquel él de antes–, sino el cagón.

Y a mi ex en absoluto, pero a mí vaya que me fui conociendo con los años y sé lo bien que me sienta parar –especialmente cuando empiezan las voces–, y por ejemplo, limpiar alrededor. Que mucho más que silenciar un whatsapp, equivale a invitar a tu mente a pasar un fin de semana las dos solas en un spa.

Y si el lector prudente desconfía de todo este batiburrillo de filosofías zen-new age, que sepa que es exactamente lo mismo que defiende un campo tan respetable como la neuroarquitectura; que viene a ser la neurociencia dentro de la arquitectura, o cómo el entorno afecta –y modifica– a nuestro cerebro y con él, a nuestras emociones. Quizá no conocíamos todos los datos, pero sin duda, percibíamos si un lugar nos causa agobio, el deseo de escapar, o por el contrario, nos resulta inspirador, nos sentimos protegidos. Si es aquello que llamamos hogar.

Si una noche loca acabas en el dormitorio de tu churri recién conocido y descubres calcetines tirados entre los cables enredados de una Play Station, pregúntate seriamente si algo te indica que hay espacio en esa vida para la tuya. Y después, ríete. Porque a veces la cosa es tan simple como que para incrementar la libido basta con cambiar el televisor del dormitorio por unas velas, o que para cumplir realmente el propósito de comer sano, hay que vaciar la despensa sin miramientos de todas las latas que anuncian aditivos E-252. Pero otras, el asunto es más serio. Si escuchas una voz diciendo: «Quédate, ¿y si no encuentras otra cosa? ¿Y si no mereces nada mejor?», no importa si la cosa trata de un puesto algo aburrido pero de funcionario, o incluso de un candidato a medio limón, abre cajones. Regala camisas sin piedad. Friega los platos con la música en alto como si no hubiera un mañana ¡porque precisamente lo hay! Y por favor que cuando llegue el mañana te encuentre libre, limpio, vacío. Incluso… de aquella voz.

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