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observatorio

Putin sueña a lo grande

Según Vladimir Putin la implosión de la Unión Soviética, hace 30 años, fue la mayor catástrofe geoestratégica del siglo XX. Si se tiene en cuenta que fue el mismo siglo que registró dos guerras mundiales, basta con ese dato para hacerse una idea del profundo impacto que ese hecho causó en quien ha guiado los pasos de Moscú desde el arranque de este siglo. Por el camino han aparecido 15 países donde solo había uno y, aunque la Federación de Rusia sigue siendo el país más grande del mundo, es obvio que su poder militar y su riqueza en hidrocarburos no le han servido para mantener el estatuto de superpotencia que un día tuvo la URSS. Una opinión, en todo caso, que Putin no parece compartir.

Es cierto que la última década del pasado siglo supuso una brutal caída en el abismo para Moscú, sumido en una debacle propiciada por la falta de control político frente a unos actores económicos que supieron aprovechar la situación en su propio beneficio, mientras los niveles de bienestar del conjunto de la población no hacían más que empeorar. Guerras internas, como la de Chechenia, derivas secesionistas apenas disimuladas y alineamientos prooccidentales de los antiguos satélites de la Europa central y oriental no hicieron más que incrementar el pesimismo sobre el futuro de una Rusia absolutamente deprimida (aunque con miles de cabezas nucleares activas).

Pero desde mediados de la primera década de este siglo ha sido también evidente que Putin logró no solo detener el desplome sino recuperar el control político, eliminando por el camino a todos sus posibles rivales, y aprovechar la subida de los precios del petróleo para modernizar su potencial militar y recuperar el orgullo nacionalista.

Una vez anulada la amenaza interna –con una mezcla de clientelismo que le ha deparado altas tasas de popularidad y de represión de cualquier conato de disidencia– Putin ha centrado su esfuerzo en recuperar la influencia perdida tanto en el Asia central como en la Europa oriental. Y para ello ha desarrollado una estrategia que combina el chantaje energético con el uso de la fuerza (tanto convencional como híbrida), como bien han experimentado en sus propias carnes Ucrania, Georgia o Moldavia. Pero seguramente no habría llegado hasta el punto actual si quienes han querido aprovechar sus debilidades no hubieran cometido tantos errores y, sobre todo, no hubieran mostrado tanta falta de voluntad para fijar claras líneas rojas al intento ruso de volver a las andadas.

De ese modo se explica que hayamos llegado a un punto en el que Putin, que tantas veces ha dado a entender que solo conoce el lenguaje del poder, se atreve a exigir nuevas reglas de juego en el continente europeo. En esencia, lo que Moscú pretende es anular el acuerdo de la Cumbre de la OTAN de 2008, por el que la Alianza abría tenuemente la puerta a Georgia y Ucrania. Igualmente, queda clara su pretensión de lograr el reconocimiento formal por parte de la OTAN de que no sumará ningún nuevo miembro en la región, y de que también renuncia a realizar maniobras militares y desplegar unidades y armas que puedan amenazar a Rusia en el territorio de sus vecinos inmediatos (aunque sean miembros de la Alianza, como los países bálticos, Rumanía, Bulgaria o cualquier otro). Y, para colmo, mientras siguen aumentando los efectivos armados que Rusia está desplegando en las inmediaciones de su frontera con Ucrania, el viceministro de exteriores, Serguéi Ryabkov, ha amenazado con serias consecuencias si esas demandas no son atendidas.

El problema es mayúsculo y va mucho más allá de la suerte de Ucrania. Si Washington y Bruselas aceptan el órdago ruso, quedará claro que Moscú se sentirá aún más convencido de que puede imponer su dictado en el continente, anulando de hecho la soberanía de muchos de los países vecinos y ahondando aún más la crisis de credibilidad de la OTAN. Por el contrario, si Putin no obtiene nada de lo que ahora exige, aumentará la probabilidad de que termine por lanzar una nueva intervención militar contra Ucrania, acelerando una dinámica que, en el fondo, tampoco puede interesarle en la medida en que no le asegura ninguna victoria definitiva. Mientras tanto, la diplomacia hace mutis.

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