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Aquí una opinión

Ser el que quieres ser

La hija de un hombre dañado por el Alzheimer, en una de las visitas diarias al geriátrico donde éste reside, dejó, por casualidad, al sentarse a su lado, el móvil encendido con la canción que venía escuchando mientras conducía. Sorprendentemente, su progenitor que en ocasiones anteriores no había dado muestras de conocerla ni de relacionarse con ella, al escuchar la música, levantó la mano, la miró y le acarició el rostro.

Me lo contó tan emocionada, como si el hecho resultase de alguna conjunción planetaria o celestial que me he visto obligada a explicarle la realidad de una reacción humana ante la música: nuestro despertar desaforado ante el magnetismo de los recuerdos. Llevándonos hasta un pasado vivido, como una colisión entre la persona que fuimos, los momentos en los que disfrutamos o sufrimos, los amores que nos rodearon, las lágrimas evitadas (pocas) o las vertidas (muchas). De cada experiencia de nuestra existencia, haya sido grata o digna de olvido, cuelgan unas notas vibrando hasta formar una melodía que nos acompañará siempre y que nos obligará a retroceder hasta la distancia donde habitan amores que, posiblemente, ya no estén con nosotros.

Entre un hola y un adiós, la canción de Serrat, la siento en mi interior con la misma intensidad que la transcripción de Liszt de La Pastoral, siendo, ambas, tan dispares. La primera la oigo, aún sin escucharla, para trasladarme al amor desmedido que sentía (y siento) hacia alguien, más allá, incluso, de su presencia física. La sinfonía es el descubrimiento conmovedor, cada vez, de cómo se puede duplicar la excelencia en el Arte. No podría decir qué versión hace tintinear más locamente mi tálamo, si la orquestal por la Sinfónica de Berlín o al piano por Francesco Piamontesi. Pero en ambos casos, y en tantos otros, lo que nos lleva al límite (o, a través de él), son los misteriosos caminos que posee el cerebro para, admitámoslo, reflejar un tiempo concreto que nos poseerá hasta la muerte. Hay quien lo llama alma. Yo opino que la música, aquellos sonidos que de niños canturreamos, de jóvenes bailamos, de mayores conocimos y de viejos evocamos forman parte de recónditos secretos que nos acompaña a cada uno, como seres humanos. No hay más. Ellos, son nosotros.

Y lo que nos aporte, sentirlo con agradecimiento. Deploro esas biografías manchadas de anacronismos maliciosos relacionados con los gustos políticos o personales de ciertos músicos. No conozco una partitura que se incline hacia un flanco o hacia el contrario. Ellas, hayan sido creadas por Mozart o por Alberto Cortéz, se limitan a permanecer en su sitio en el atril, esperando servir con sus sonidos al recuerdo de lugares, instantes y personas. O a que un anciano con una dolencia neurodegenerativa reconozca el rostro de un familiar querido. Incluso, a que la mayoría de nosotros, sienta mitigada su tristeza por las circunstancias sanitarias y sociales adversas, desde el minuto cero en que Víctor Pablo Pérez de la señal, a nuestra OST para el comienzo del concierto navideño en el puerto santacrucero. Porque es así, pura magia…

Estreno un cuaderno que me han regalado y que ignoro de dónde viene, pues no lo pone en ningún sitio. Escribo la primera frase con un bolígrafo cuyo origen desconozco también. Al tiempo de estrenar el cuaderno y el bolígrafo, ellos me estrenan a mí. ¿Se preguntarían, de ser autoconscientes, de dónde vengo yo? Puede que cada uno procedamos de un sitio. Yo nací en Valencia; el cuaderno puede haber nacido en una fábrica china y el bolígrafo, no sé, pongamos que en Australia. Ahí estamos los tres, comprometidos en hacer algo grande, quizá un poema. ¿Por qué no un relato autobiográfico que empezara nombrando los amigos que tuve en la adolescencia?

Quiero decir amigos de verdad, por los que habrías dado la vida, la tuya. Tu vida. Toda. Los perdí, quizá ellos me perdieron a mí, quizá perdí la vida. Aún viven, creo. De vez en cuando los sigo a través de las redes sociales. Me pregunto quién de los tres morirá antes. Si mueren ellos antes que yo, no acudiré al tanatorio para dar el pésame a la viuda y a los hijos, si los tienen. Si muero yo antes que ellos, tampoco acudirán a abrazar a mi viuda y a mis vástagos. Nos moriremos solos, aislados de lo que un día fuimos los unos para los otros.

Jugábamos al ajedrez y a La Oca. Yo fui el primero en independizarme, en tener una casa. Al caer la tarde, ellos venían a aquella casa por la que pagaba un alquiler que representaba el 40% de mi sueldo y veíamos la televisión en blanco y negro o hablábamos de la vida como si supiéramos lo que iba a ser la vida. Lo que la vida iba a ser y no fue. No sabíamos nada, pobres, tampoco ahora sabemos nada, pero el saber que no sabemos nos proporciona un conocimiento especial sobre los peligros de ahí fuera. Hablo por ellos, doy por supuesto que tampoco saben, aunque quizá les costaría admitirlo. Si les preguntarais por mí, tal vez hicieran un gesto de compasión hacia sí mismos. Se compadece uno de sí mismo al compadecerse de los demás.

Total, que ya he llenado una página de este cuaderno de origen impreciso con este bolígrafo bastardo de color azul. Me extraña utilizar herramientas tan ajenas. Pero yo mismo soy una herramienta ajena a mí. Me extraño, de mí mismo. ¿He acabado siendo el que quería?

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