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Alfonso González Jerez

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Alfonso González Jerez

La confianza se desquebraja

Lo que se está destruyendo aceleradamente es la confianza. Por supuesto que la mayoría de los ciudadanos sigue obedeciendo a las autoridades, como la mayoría de los automovilistas siguen obedeciendo las señales de los semáforos. Pero la irritación y el miedo hacen su trabajo día a día hasta que una mañana el miedo se quede en casa y la irritación salga sola y ciega a la calle. Lo cierto es que no se ha dicho la verdad, ni toda la verdad, ni nada más que la verdad. El Gobierno central ha expectorado sucesivas arcadas de triunfalismo. Por supuesto, ha mentido. Incluso creó un comité de expertos imaginarios que, supuestamente, legitimaban las decisiones políticas y administrativas que se tomaban. También inventó personajes: coroneles y generales que hablaban con la seriedad resignada y varonil de sus homólogos en películas apocalípticas, funcionarios con nombre bíblico o de tetrabik que decían una cosa hoy y mañana la contraria y que terminaron en portadas con chupa de cuero sobre su moto, un héroe de nuestro tiempo. Finalmente el último personaje del elenco que se inventó el Gobierno fue el presidente del Gobierno para anunciar el principio del fin de la pandemia. Cuando advirtió que bien podría no ser así y que acabaría teniendo problemas judiciales por no querer tener problemas parlamentarios arrojó los trastos a las comunidades autónomas. Ahora, con 100.000 muertos en España (son más de 1.200 en Canarias) desciende del Empíreo de vez en cuando y se materializa en reuniones de la Conferencia de Presidentes Autonómicos. A ver si lo estamos haciendo bien. No nos los merecemos.

Siete presidentes autonómicos pidieron en la última CPA medidas valientes ante el avance de la variante ómicron. Por ejemplo, la mascarilla obligatoria en exteriores. Uno de ellos fue Ángel Víctor Torres, que con la mascarilla puede estar hasta una semana sin tener que afeitarse los cachetes. Lo cierto que ya nadie se cree casi nada y la única confianza son las vacunas, aunque no del todo. Las vacunas casi aseguran que no morirás, pero no garantizan que no enfermarás. No es un consuelo insuperable si estás deprimido, eres autónomo o vives de la chapuza milagrosa. Porque está feo decirlo, pero a pesar de los ERTE hay gente que ha perdido el curro o ha visto descender brutalmente sus modestos ingresos por la covid. El sistema de niveles de restricciones ha sido ya la puntilla del descrédito. Blas Trujillo no parece un consejero de Sanidad –nunca lo ha parecido demasiado– sino un profesor de zumba. Luego aparece por ahí otra vez Torres y te dice que pueden reunirse hasta diez personas para cenar en Nochebuena o Fin de Año, que él nos deja, y se va corriendo a La Palma, que le espera una rapadura y Pedro Sánchez, aunque no necesariamente por ese orden. Ahora estamos en nivel 3 y salvo el canibalismo se puede practicar casi todo pero, al mismo tiempo, el Gobierno autonómico estudia sesudamente implantar un toque de queda para la Nochebuena y la Noche de Reyes. A medianoche todo el mundo en el chozo, a las órdenes de su Excelencia, y el que no se ha escondido –en alguna fiestuki clandestina– tiempo ha tenido.

En un ambiente como este, en el que el discurso gubernamental, después de tantas barrabasadas, abusos y torpezas, es tan oscuro y clarificador como unos golondrinos, la amenaza que se cierne sobre el derby (sic) entre el CD Tenerife y la UD Las Palmas resulta insoportable para miles de personas, y varios periodistas incendiarios preparan las antorchas para visitar a todos los virólogos en activos y quitarles de la cabeza que el partido se desarrolle a puerta cerrada o con un 20% de aforo como máximo. Llevan días incendiando a sus audiencias y en Tenerife muchos explican que los canariones tienen compinches en la administración autonómica para evitar que se juegue el partido, porque lo tienen perdido. Quizás. Pero lo que no han perdido es el cerebro.

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