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Rafael Alonso Solís

POR PETENERAS

Rafael Alonso Solís

La última línea

Alcanzado el número previsto de peteneras a incluir en un nuevo libro, como muestra variada de las publicadas durante los últimos 10 años, parece oportuno bajar serenamente el telón, después de echar una mirada hacia atrás sin ira, pero sí con una combinación de escepticismo, frustración y melancolía. Escepticismo, por la sensación de inutilidad que produce el ejercicio de lanzar opiniones al espacio público, como si tuviesen algún significado o produjesen algún impacto, más allá de cumplir con la afición a la prédica o a la profecía que habita en las profundidades de la especie. Frustración, al asumir la dificultad de emitir una mirada crítica capaz de enfrentarse, con rigor y cierta independencia, al insoportable espectáculo del retorcido debate político. Melancolía, que se infiltra entre las brumas de la incertidumbre y se va acumulando en las regiones en que el espacio y el tiempo se convierten en la misma cosa; o qué se yo. Un autor de éxito ha dicho estos días que la relectura de lo que uno ha escrito tiene algo que ver con una cita con el psiquiatra. Es posible que se parezca más a una mirada al fondo del espejo, a ese paisaje inmenso en el que cabe todo lo que ya ha ocurrido y lo que aún puede ocurrir. En mi caso, tengo la sensación de que siempre he escrito sobre lo mismo, dándole vueltas a dos o tres asuntos relacionados y en los que me encajaban los adjetivos, a veces tomados de la calle y otras leídos en las páginas escritas por otros, con la sospecha de que en ambos casos el alfabeto completo ya está editado en ese diccionario infinito, en ese muro sin límites en el que reposa la historia de todo, en el que las palabras y los números se mezclan sin reparos para dar la impresión de que el origen tiene fecha, en lugar de consistir en una sucesión de curvas que se cruzan hasta producir la sensación de que hay algo, o permitir, en raras ocasiones, su efímera visión. La ventaja de hacerlo a través de una columna es que se llega pronto al final, y la mayor dificultad probablemente consista en acoplar el rigor de la síntesis a la búsqueda de algún hallazgo, ya sea de forma o de contenido. El reto, en cualquier caso, siempre es conseguir que en alguna línea el texto se acerque, aunque sea levemente, a la poesía, que es al mismo tiempo su origen y su destino, como sucede –por citar algunos ejemplos de prosa que se eleva por encima de las palabras y la sintaxis– en los relatos de Borges, en el Ocnos de Cernuda, en el Mortal y rosa de Umbral o en muchas de las columnas de Vicent. Tal vez sea el reconocimiento de ese reto lo que lleva inexorablemente al final de este libro y al cierre de una larga etapa asomándome semanalmente a los periódicos. Ahora toca algo distinto, seguramente con otra perspectiva e idealmente con más acierto.

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