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Alfonso González Jerez

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Alfonso González Jerez

Twitter y la educación democrática

Parte de mi familia es de La Palma y algunos viven en Los Llanos y El Paso. No lo han pasado bien. Angustia, miedo, dolor, zozobra durante días amargos y noches interminables. Como miles de palmeros. Como la inmensa mayoría de los habitantes de la Isla Bonita. Pero por fin los científicos certifican –después de las pruebas y análisis pertinentes– que se acabó la erupción. Es inimaginable el infinito alivio que se notó en los rostros, en los ademanes, en el mismo aire hasta ayer cargado de ceniza. Y en casa, desde Tenerife, hablamos por teléfono con los dañados por el volcán y brindamos por el fin de la pesadilla, y con todo lo renuente que soy con las manifestaciones sentimentales escribí un tuit irrelevante festejando la buena noticia.

Por supuesto, esto no podía quedar así. Hace dos o tres semanas, no lo recuerdo bien, el presidente del Gobierno de Canarias, Ángel Víctor Torres, declaró terminantemente que el volcán que estalló en Cumbre Vieja quedaría inactivo antes de fin de año. No existía ninguna evidencia científica que avalase su vaticinio. Era probable. Otros científicos indicaban que el volcán podría seguir arrojando lava y fuego durante varias semanas más. A mí –y a otras muchas personas– se me antojó muy frívolo por parte del presidente crear expectativas. Escribí un tuit irónico sobre la obediencia del volcán a las decisiones presidenciales. Algún memo desocupado lo recordó para retuitearlo. Es fascinante lo que ocurrió entonces, porque habla mucho de la actitud de muchos votantes y simpatizantes socialistas. No tardaron en llegar varios tuits. Una señora, por ejemplo, me reprochaba «que intentara ridiculizar al presidente». Al parecer una de las mayores bajezas que puede cometer un ser humano es ridiculizar presidentes, al menos, cuando son del PSOE. Es asombroso que gente que se considera de izquierdas te afee la conducta por criticar, cuestionar o incluso vacilarte de un presidente, como si se tratase de un caudillo elegido por dios y refrendado por el Volksgeist. Otro tipo, al parecer más joven, me reprochaba con un inocultable desprecio mi «campaña de intoxicación y manipulación» que empezaba y terminaba con el jodido tuit. Creo que le pedí alguna explicación, pero me dijo que si no lo entendía era peor. Luego atacó una dama llamándome ladrón y repitiendo insistentemente que no pretendía insultarme. Torres, simplemente, se había asesorado bien, y por eso me había dejado en ridículo. Otro mocoso saltó a la palestra y exigió que pidiera excusas al jefe del Gobierno. Toda esta cuerda de chalados y singuangos eran manifiestamente socialistas y algunos tenían plato de sopa boba puesto en administraciones gobernadas por el PSOE. ¿Esta es la militancia que está creando el PSOE, más similar –en su caudillismo arrastrado, su ceguera acrítica, su mezquina arrogancia, su entusiasta desprecio al disidente– al parafuncionariado del Movimiento Nacional que a un partido socialdemócrata europeo?

Peor suerte se puede tener si uno se tropieza en Twitter (¡y es tan fácil!) con algunos cargos públicos del Ejecutivo regional, como el ya celebérrimo director general de Dependencia, un discípulo de Juan Tamariz que ha dimitido y no ha dimitido a la vez, y que hace unos días se burlaba de un contribuyente que le había explicado cómo murió su padre, solo, en un pasillo de un hospital grancanario (borró el tuit pero, por desgracia, se le había hecho pantallazo previamente). O una directora general de Juventud que agrede día sí y día no a militantes, simpatizantes o votantes del PP o de CC, lo mismo que le ocurre a un sexagenario voluptuosamente progresista en Presidencia del Gobierno. Cuando llegas a un cargo público debes soportar estoicamente la crítica y dejar de ondear tu bandera ideológica, sin apabullar con consignas que no son las de la mayoría, sino las tuyas. Porque trabajas para todos los ciudadanos al margen de sus opciones políticas o electorales. No cuesta entenderlo y debes practicarlo si tienes una mínima educación democrática. No es el caso, claro.

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