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Francisco Pomares

Confusión y caos

Hemos jugado tanto con las metáforas y los escenarios y las posibilidades, que ahora no sabemos qué metáforas, escenarios y opciones barajar para explicar esta nueva fase de la nueva normalidad para la que no estábamos preparados. Esto nos ha pillado completamente desprevenidos, seguros de haber ganado ya la parte más difícil de la pelea, convencidos de que con las vacunas habíamos logrado cerrar el círculo y blindar nuestra seguridad. Y de pronto, todo se ha derrumbado ante el avance del rumor, el bulo o la percepción: cuando la gente comienza a caer a tu alrededor, todas las alarmas personales se disparan. El covid ha mutado en una enfermedad tan infecciosa como el sarampión, precisamente cuando ya habíamos comenzado a dejar de sentirnos en peligro: ahora la enfermedad nos golpea cerca, en casa, en la oficina, en el bar, en la guagua y el supermercado, por todas partes. Lo hace cuando creíamos ver ya el final, la recuperación económica, la normalidad deseada y esperada…

Frente a la ausencia total de información sobre lo que de verdad nos está ocurriendo, todo el mundo te cuenta su catálogo de casos, y además tú descubres que tienes el tuyo propio: en los últimos cinco días te has enterado del contagio de diez personas que conoces… personas próximas, cercanas. La información llega de boca a oreja, se expande como el mismo virus, te golpea muy cerca. La constante del contagio te confunde y desarma: nos vienen vendiendo desde el primer día una fantasía, que es la de que la pandemia acabará el día en que todos cumplamos las instrucciones del Gobierno: encerrarnos, trabajar virtualmente, no tocar nada con las manos, ponernos mascarillas (antes no servían), vacunarnos, volver a trabajar… y si lo hacíamos, si hacíamos todo eso, la pandemia tendría un punto final definitivo, como una serie en su cuarta temporada. Pero no funciona así, la pandemia va a seguir durante años, tendrá altibajos, tendremos que seguir vacunándonos, quizá mute a algo menos dañino (ómicron parece ser más contagioso, pero menos grave), iremos desarrollando anticuerpos –algunos por vacunación, otros por contagio– y poco a poco esto irá perdiendo fuelle. O no. Debemos actuar pensando que será así, que las medidas que adoptamos reducen el contagio y nos protegen, pero sin falsas certezas ni garantías de un final limpio y cercano que nadie puede darnos.

El problema es que el Gobierno optó desde el minuto uno por un lenguaje bélico y triunfalista, anunciando primero la derrota de la enfermedad a los tres meses de empezar, después la llegada de su curación, alardeando de la capacidad de respuesta del sistema… todos los gobiernos actúan así, pero el nuestro ha sido muy excesivo en lo de vendernos la moto y muy parco al adoptar medidas impopulares, sobre todo después de la derrota de Sánchez en Madrid. Y es que jamás en la historia de España se ha usado de forma tan partidista una situación grave de emergencia sanitaria. Y ahora, con los contagios disparados, y los rumores –probablemente excesivos– sobre el colapso de los servicios de Salud, la administración parece noqueada, nadie ofrece cifras fiables, más allá de un recuento diario sin análisis ni prospectiva, que sólo nos sirve para confirmar que los contagios se han vuelto imparables. Sabemos que no paran de crecer, mientras el Gobierno decide relajar las cuarentenas, y aprueba cosméticamente el retorno a la obligación de usar mascarilla en exteriores, una medida respaldada por los presidentes de siete comunidades autónomas, pero de dudosa efectividad, según los expertos.

Es como si estuviéramos a la espera de que esto se resuelva solo. El sistema no sólo no es capaz de ofrecernos un discurso que nos tranquilice: es incapaz incluso de proporcionarnos test de antígenos, agotados desde hace días en todas las farmacias. Ni siquiera responde al creciente runrún de que las vacunas no servían para lo que nos prometieron. Y no es verdad: es cierto que no son absolutamente eficaces contra esta variante, pero sin ellas estarían muriendo decenas de miles de personas, y que hoy pasamos por el contagio con apenas uno o dos días de molestias leves.

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