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Juan Cruz Ruiz

TESTIGO DE CALLE

Juan Cruz Ruiz

El suplicio de tremor y de fuego y aquel libro de Bertrand Rusell

Como una hoja apaisada que sobresale de un montón de ceniza y que camina con tus pies mientras vas en busca de las casas o de las plazas, donde te esperan personas que sufrieron los terremotos del volcán, así como las pérdidas que cada uno expone con su corazón experto en el sufrimiento, La Palma supo ya la gran noticia, o está a punto de saberla: se fue el volcán, dejó de existir semejante pesar.

Lo que anteayer era espuma roja caminando, majestuosa y bella y también ruin, hacia el mar que de pronto se convertía también en hoguera, ahora es ese nuevo territorio, cuarenta y ocho hectáreas ganadas al Atlántico. Pasado mañana, es decir, dentro de algunos años, la gente pisará esa superficie y no se acordará, porque no tendrá edad para ello, de cuántas lágrimas vieron caer sobre el Atlántico semejante cantidad de kilómetros de lo que ya es la nueva La Palma que el volcán ha ido construyendo desde que sopló sin remedio, y sin fin, la Cumbre Vieja.

¿Y qué pasa cuando se sabe que se acabó el volcán? El ser humano está tan acostumbrado a la tragedia que, cuando ésta cesa, todos se aprestan a buscar un nuevo modo de preocuparse, pues vivir es eso, tener y no tener, tener y no tener tragedias que contar o sobrevivir, y mientras esa mecánica sucede, lo real, lo verdadero, es que estamos vivos. La Palma ha aprendido ahora, de nuevo, a decir que esta lucha la ha confrontado con la vida y, con heridas, con sangre de fuego, con ceniza, ha sobrevivido, una vez más, a la arremetida sin piedad de un volcán que duró más que el anterior y que ha dejado, en muchísimos, una huella difícil de contar en palabras.

La ciencia lo supo antes, pero mantuvo en silencio, aparcada, la información, hasta tener la certeza de que ya se iba ese caimán por la barranquera, que las casas dejarán de temblar, en peligro de desaparecer, todos los palmeros inquietos porque el mundo que sonaba a sus pies es el mundo que tocó vivir en una tierra que se hizo, y para siempre, de volcanes, es decir, de amenaza e incertidumbre, instrumentos que la experiencia de vivir sitúa estratégicamente donde sólo el azar tiene su mano. Ahora, me decían en cualquier casa, en cualquier plaza, los amigos antiguos, como Mauro Fernández, como Elsa López, o como el vulcanólogo Nemesio Pérez, mi amigo de la infancia reencontrado ahora en la isla, y los más recientes, como Laly Villalba o Juan Fernando Pérez Martín, había que prepararse para conjugar como es debido la palabra que parece niebla, la palabra futuro. Con ellos hablé, y con muchos, para un reportaje que me pidió Clarín, el gran periódico de Buenos Aires, así que los escuché en plazas y en interiores, rodeados a veces de cámaras que aún ahora seguían recogiendo lo que los palmeros no se cansan de decir: es el destino, pero es también la demostración de que la naturaleza que queremos, esas montañas magníficas, esas plantaciones que parecen pintadas por Gauguin o por una mano sabia en la distribución de los verdes, son también consecuencia antigua de destrucciones así, de la habladuría infinita, y tantas veces cruel, del fondo inquieto de la tierra.

Desconfían de las autoridades, pero consideran que es imposible esperar nada sin ellas, se admiran, con los visitantes, de la entereza del palmero, que ya tiene detrás, como decía Mauro, varias experiencias similares, y piensan todos aquellos con los que reviví la realidad y las palabras de la larga tragedia que va a ser muy difícil que La Palma se despierte pronto de esta última pesadilla. El volcán de la Cumbre Vieja, que se apagó como si se fuera durmiendo, es inolvidable por lo ruin, y será inolvidable, si así lo permite el destino, por haber contribuido a demostrar que, en efecto, el palmero sale mejor de cualquier contingencia dramática. Ellos cruzan los dedos, que es una manera de explicar que la paciencia (como decía Laly Villalba, que ha tenido confinado su bar en Puerto Naos, a la espera de que la ciencia le deje paso para rehacer su vida) es un valor más entre los que atesoran sus paisanos.

La Palma se despierta, pues, de un suplicio de tremor y de fuego que duró casi noventa días con sus noches (las noches largas de un volcán son como noches triplicadas, de miedo, de incertidumbre, de esa crueldad que produce el impacto feroz de la lava), como un grito que ha arrojado desde el infierno piedras feroces que han ido a parar al mar, cuya guillotina de agua ha amansado la tierra incandescente, manejada como una cuna horrible por la colada.

Es raro llegar otra vez al remanso. La gente ha perdido casas, pertenencias, esperanza, pero la desesperación no ha llegado al paroxismo. Como si esta población se hubiera adiestrado por ciencia infusa de dramas volcánicos ocurridos cuando no existían o eran niños, todos los que han sufrido privaciones o dentelladas ciegas de la lava que los han dejado desnudos y sin casas se han acostumbrado al mal con una coraza que llevan en el carácter, el valor de la paciencia palmera. Escuché en este trayecto muchas cosas que se me han quedado en la memoria y otras que están en la libreta que siempre llevo conmigo cuando hago reportajes. Con esa libreta fui a ver a la poeta Elsa López, que en sus versos habla tanto de volcanes, y que tiene en su casa un vivaracho periquito al que ha llamado Volcán, porque sobrevivió de una de las casas que hubo que abandonar a toda prisa, y fui a ver en Los Llanos de Aridane, entre otros, a Juan Fernando Pérez Martín…

Profesor de Filosofía, afectado desde hace años de las secuelas de la polio, Juan Fernando estaba en su casa en la ruta del volcán, rodeado de los seis mil libros de su biblioteca, cuando su mujer lo alertó, «hay que irse ya», y él estaba leyendo Por qué no soy cristiano, de Bertrand Rusell, u otro de los libros del pensador británico al que Domingo Pérez Minik organizó un inolvidable homenaje (el único en España cuando Russell murió en 1973). Empujado por la imperiosa necesidad impuesta por la lava, Juan Fernando dejó atrás la lectura y los libros y ahora aspira a recuperar esos libros, poco a poco, con la paciencia que dicen que es un tesoro palmero, en librerías de viejo, mientras viaja para restituir también otros textos sin los cuales es imposible explicar su memoria de filósofo…

La Palma es ahora una metáfora en cada esquina. Algunas de esas puedo contar ahora, pero mi corazón y mi memoria están llenas de ese viaje al corazón de una isla cuyo nombre es también una metáfora de la capacidad del ser humano de sobrevivir a la destrucción y también al llanto.

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