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Luis Ortega

Gentes y asuntos

Luis Ortega

Calma y anuncios

La tragedia geológica del Valle de Aridane, noticia de alcance mundial en este último trimestre, tuvo tempranos avisos, algunos anulados por el paso del tiempo. Así, en varios círculos científicos se habló, y tuvo eco desigual en algunos medios informativos, de una alarmante reactivación del subsuelo de esta comarca entre 2009 y 2010. No ocurrió nada, sin embargo. Siete años después, entre el 7 de octubre de 2017 y el 25 de junio de 2021, se registraron en la estribación de Cumbre Vieja ocho series sísmicas – enjambres para los geólogos y temblores en el lenguaje popular de los palmeros – conocidas y comunes en la historia y dinámica del vulcanismo canario.

Los anuncios definitivos no llegaron, sin embargo, hasta el 11 de septiembre, y con más de veinticinco mil sismos percibidos en la banda occidental y los municipios del sur. Pero nadie, ya fuera del equipo científico que llegó a La Palma en los días previos, ya fuera paisano de a pie, todos con la mosca tras de la oreja, se atrevieron a darle plazo a la erupción esperada que, finalmente, se produjo en la sobremesa del domingo, 19, a las 15,22 horas, y difundió, en exclusiva mundial, la Radiotelevisión Canaria.

Después de batir sucesivamente todas las marcas de los seis volcanes históricos – desde el breve Teneguía (1971 y 24 días) al decano Tihuya, Tehuya, Tajuya (1585 y 84 días) – el bravo y espectacular Cabeza de Vaca asustó y confundió al personal a tal grado con sus cambiantes estados que nadie, por obligada prudencia, se atrevió a poner fecha fija a su término. Entonces entraron en juego, alentados por las ganas, los pronósticos, apuestas y profecías, siempre más voluntaristas que certeros y que, como tales, podemos hacer cualquiera.

Cuando apenas había transcurrido un mes del suceso, Ángel Víctor Torres reconoció que estábamos «a merced del volcán». Era la verdad del barquero porque estaban por llegar las peores carreras de la lava, la terrible afección territorial y los mayores daños materiales. El 8 de diciembre, al final del puente más largo de un año aciago, cambió el tenor de su discurso y habló de su final antes de fin de año. Concretó con valentía y riesgo los datos y consideraciones del Pevolca (Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias) en cuanto a «la sismicidad, emisión de gases y cenizas y actividad lávica que indicaban el posible agotamiento del volcán». Después de las alternativas cambiantes, los breves ciclos de calma y furor, la incertidumbre y desmoralización de los palmeros no concedió mucho crédito a la predicción pero, dos semanas después, aplaudimos su acierto y contamos las horas

Llegamos al fin, hartos de sobresaltos a un paréntesis de calma saludable y, en ese clima, todos, incluso ciertos amigos del operativo científico, aceptamos el plazo para la declaración oficial de la inactividad de Cabeza de Vaca en Nochebuena o Navidad; eso sí, con las reservas que motivan los venales comportamientos del planeta. Y, no sin cierta desconfianza, entramos en un tiempo y cuenta nueva para la obligada e inmediata reconstrucción, para una empresa colosal que exige tanta inteligencia como tesón y sacrificio.

No debemos olvidar, ni un solo instante, que estamos en la rampa de salida –D. m.– de la peor erupción volcánica registrada en territorio europeo en el último siglo, afortunadamente sin víctimas, pero con un negro inventario provisional. Ahí se anotan más de 1.628 edificaciones destruidas, de ellas, 1.300 viviendas y el resto de cuartos de uso agrícola, fábricas y naves industriales, negocios de hostelería, colegios, templos y espacios de uso público; 1.073 hectáreas asoladas o cubiertas por la lava, 360 de ellas de cultivos, especialmente de plátano, que supone más del 40 por ciento de la superficie en producción en la isla y que afectaron gravemente a Tazacorte y Los Llanos; más de 72 kilómetros de carreteras y calles, conducciones de agua y electricidad inutilizadas; y, lo más grave, más de 7.000 personas evacuadas y 1.575 trabajadores en un ERTE creado para atender la calamidad. 49

Debemos reclamar con la mayor energía y constancia un trato de acuerdo con el tenor de una catástrofe extraordinaria, sin parangón posible y que exige un tratamiento público de acuerdo con su incuestionable singularidad. No se pueden afrontar los daños y las secuelas de un volcán con la legislación común, ni con los recorridos administrativos de consuno, con los usos y costumbres de la burocracia que, jamás hasta la fecha, se ha enfrentado a un problema de tal calado y urgencia. Hasta la fecha la unidad de actuación de todas las administraciones, como el comportamiento ejemplar de los agentes de protección civil y el seguimiento científico, marcan un hito favorable. Desde aquí, cada instancia debe cumplir sus obligaciones e, incluso sus promesas, de abajo arriba; y es de recibo que las menores reclamen a las grandes la urgencia que vieron in situ en las visitas a un territorio duramente castigado por la realidad del volcán. Trabajar y reclamar lo justo, lo adecuado, lo proporcional a la extraordinaria gravedad del daño toca ahora.

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