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Francisco Pomares

El vicio de pedir

El PSOE canario celebró hace un par de semanas su magno concilio, de acuerdo a un formato recalcitrantemente televisivo, producido como un programa para la caja tonta, un híbrido entre Informe Semanal y Operación Triunfo, con Nira Fierro y Ángel Víctor Torres en el rol de triunfitos principales. Lo más novedoso, aparte esas islas de reflexión con debates públicos con menos duración y enjundia que una conversación de twitter, fueron las microentrevistas realizadas a los próceres actuales y de antaño. A Jerónimo Saavedra le hicieron una, y seleccionaron con alevosía y ensañamiento una frase suya que no es necesariamente muy definitoria de su trayectoria personal como político: vino a decir que ser socialista no es estar todo el tiempo pidiendo más al Estado, una negación absoluta de lo que es precisamente ser socialista. Pero en realidad lo que quería decir Saavedra y sus compañeros aplaudieron como si acabara de anunciar el descubrimiento de una cura paras el cáncer es que un socialista canario no puede pasársela poniendo la mano a Pedro Sánchez.

El PSOE isleño vive instalado en una suerte de quiero y no puedo, que es el de representar los intereses territoriales de los isleños, y al mismo tiempo mantenerse firmemente disciplinados y sin mover una ceja ante los portazos de Madrid. Saavedra perdió la presidencia del Gobierno en 1993 porque tres fuerzas políticas locales –las Agrupaciones Independientes de Manuel Hermoso, que le habían convertido por segunda vez en presidente, la Iniciativa Canaria de José Carlos Mauricio y el Centro de Lorenzo Olarte– encontraron la excusa adecuada para juntar en un mismo equipo a exucedeos, excomunistas y la abigarrada banda de insularistas desmadrados. La excusa en cuestión fue el desprecio al REF por parte del PSOE nacional. Saavedra no creía que la cuestión de los derechos territoriales –son las personas las que tienen derechos, no los territorios– pudiera tumbar un Gobierno bendecido por una mayoría aplastante y –según creía– bien hormigonado. Por eso, la única explicación a su despectiva frase sobre el pedigüeñismo como arma política nacionalista es que aún le escuece, al hombre. Porque Jerónimo siempre ha sabido que para gobernar hay que pedir. De hecho, gobernar es pedir para luego poder repartir. El resto es pura literatura, casi siempre mala literatura, a veces teatro, otras narrativa y en algunas ocasiones poesía lírica. Y si la esencia de mandar es pedir y luego distribuir, uno no se explica por qué se han olvidado de eso en nuestro Gobierno regional de ahora.

A ver: más de dos mil millones de euros han crecido las inversiones del Estado en el presupuesto sanchista de 2022. Con una pequeña regla de tres, eso querría decir que si se aplicara el mismo criterio para todas las regiones, la inversión del Estado en Canarias debería crecer también, proporcionalmente, en algo más de cien millones de euros. Pero no es así: la previsión de inversión del Gobierno Sánchez en Canarias para 2022 es exactamente la misma que en 2021, 362 millones de los 21.000 millones de inversiones previstas, que representan apenas el 1,72 por ciento del total de lo que el Estado va a gastarse. Probablemente, pedir no sería aquí una desvergüenza, sino una cuestión de pura lógica, sobre todo desde una región pobre y empobrecida aún más por la crisis, que acumula los peores datos del país en empleo, salarios, pensiones y reparto de la riqueza.

La respuesta de los socialistas en concilio es que jamás ha llegado tanto dinero a las islas, que nunca los recursos han corrido tan deprisa desde el BOE a los bolsillos de los necesitados, que la crisis económica pasará de puntillas, que la recuperación será esplendorosa gracias a los fondos de la UE, y –sobre todo– que ir de pedigüeños es de muy mal gusto. Cierto, pero de peor gusto es pasar hambre mientras en Cataluña atan sus perros con longaniza monclovita. Concretamente, con una parte de la que nos toca.

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