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Más carreteras

El título de este artículo seguro que le dará urticaria a más de uno, que se pondrán morados por considerarlo blasfemo y fuera del discurso único y oficialista, donde todo se trastoca en un noísmo, puramente artificial, publicitario, inconsistente, irreal o demagógico. El ecologismo, vivido como la defensa de la naturaleza y la preservación del medio ambiente, es encomiable. Nuestro territorio alberga una gran riqueza natural, que hay que preservar, dejándola en herencia a nuestros hijos o nietos, como la garantía más valiosa. Creemos que nadie puede discutir esta premisa, que es elemental. Pero cuando se cambian los principios, medios, objetivos, relativizándolos e ideologizándolos, entonces lo que es una sana opinión generalizada, se trastoca en un movimiento sociopolítico interesado, que quiere aprovecharse de los sentimientos de querencia o cercanía de la gente a su terruño, para desvirtuarlos, intentando sacar tajada electoral, por medio del engaño populista, mintiendo descaradamente y confundiendo a la ciudadanía, con mensajes catastróficos, si no apocalípticos e imponiendo sus pareceres e ideas, por las buenas y si es necesario por las malas.

Desde hace décadas, se dice pronto, pero ha sido una lucha muchas veces incomprendida, en algunos casos boicoteada y en otros silenciada, venimos pidiendo una red de carreteras en Tenerife, suficiente, eficiente, sostenible, segura, que sirva para vertebrar la isla, que sigue dividida en tres zonas, norte, sur, metropolitana, totalmente incomunicadas, de espaldas, como si cada una fuera un territorio independiente. Se nos ha dicho, maliciosa y tendenciosamente, que queríamos llenar la isla de asfalto y de cemento para denostarnos, cuando lo que reivindicamos, es dotarla suficientemente de las infraestructuras necesarias, que cualquier territorio demanda para un desarrollo normalizado de la actividad económica y de la vida social.

Las autopistas o autovías son un medio, nunca un fin en sí mismo, no me canso de repetirlo, un servicio público de 24 horas, los 365 días del año, que sirven para unir, fortalecer el sistema productivo y gozar de una calidad de vida superior. No conozco y no puede ser así, a ningún político, que se levante por la mañana y piense «hoy voy a construir una carretera», como si fuera a una zapatería a comprarse unos zapatos y salir con ellos puestos. Las colas en las carreteras de Tenerife son el fruto de la indolencia obstruccionista, desde hace muchos años, de políticos y noístas, con nombres y apellidos, que cual los identifique, porque todos sabemos quiénes son, que han obstaculizado en la isla, las obras que se tenían que haber comenzado y terminado hace décadas y en cambio, nunca se han ejecutado. El hartazgo de los ciudadanos es comprensible, respetable y tiene que ser atendido sin más dilación.

La planificación de las carreteras, vienen dadas por la demanda existente en un territorio determinado, que lleva aparejados estudios, proyectos, declaraciones de impacto ambiental y otros requisitos técnicos o burocráticos, que aseguran una puesta en marcha de obras muy cualificadas. Lo triste, por la tardanza que propicia una burocracia que no sirve, unas discusiones bizantinas estériles, de todos contra todos, es que, en Tenerife, entre lo que se comienza un proyecto y se termina la obra, suele pasar una media de diez años. Todo un récord a la incapacidad gestora de la cosa pública.

Ahora estamos recogiendo los frutos de lo que no se ha plantado en las tres ultimas décadas, es decir, un colapso generalizado, casi a todas horas, en la precaria red viaria isleña. Porque el problema, aunque sea actual, tiene su origen desde hace muchos años, donde se hablaba mucho y no se hacía nada. Se acuerdan de las ruedas de prensa, las infografías, los anuncios en el norte y sur con los alcaldes, donde se nos prometía todo, para después no hacer nada. Literalmente era la mentira personificada. Por eso, es perentorio cambiar radicalmente esa histórica dinámica falsa y pasar directamente, a ejecutar las obras de carreteras imprescindibles para Tenerife.

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