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El Black Friday no es lo mío

No comulgo con la afirmación de que cualquier tiempo pasado sea mejor. Creo que, en general, hoy tenemos mayor calidad de vida que hace siglos. Hemos evolucionado en sanidad, seguridad, protección de derechos, educación…, pero hay que reconocer que el pesimismo vende. Unos tertulianos radiofónicos decían el otro día que, entre un opinante pesimista y otro optimista, la audiencia tiende a darle más credibilidad al primero. Puede que tengan razón. Tendemos a hacer más caso a los agoreros que a los que ven el vaso medio lleno, a pesar de que estos últimos son mucho más agradables y majos. De jovencita, si hubiese tenido que elegir entre ir a cenar con un feo existencialista o con un guapo optimista, creo que me habría quedado con el primero. Yo era de las que pensaban que estar inmersa en un constante sentimiento trágico de la vida equivalía a existir con mayor intensidad. Y así me fue. Menos mal que tendemos a evolucionar. Hoy creo que no hay nadie más seductor que quien me hace reír.

Hablando de tiempos pasados, pretéritos diría yo, recuerdo cuando leías en una revista que tal o cual actor había estrenado una película en Estados Unidos y el film en cuestión llegaba a España un año después. O cuando volvías de un viaje a Nueva York cargada de pantalones vaqueros porque por aquí apenas encontrabas los modelos que salían en el cine. O cuando un colega te traía unos chocolates especiales al volver de un viaje por Europa. ¡Y qué decir de aquellas galletas de mantequilla que solo podías encontrar en los aeropuertos! No seré yo quien critique la globalización y el acceso a productos y servicios mundiales, pero hemos importado costumbres que se me atragantan un poco. El Black Friday es una de ellas. El Cyber Monday, otra. No porque los palabros sean anglosajones, porque no me considere una tía de mente abierta o porque me sorprenda su relevancia súbita en los últimos años. Lo que se me atraganta es esa presión mediática y social de tener que comprar por comprar. Ese agobio de sentir que, si no he adquirido alguno de los cientos de artículos que me han ofrecido a mansalva día y noche durante semanas, he perdido la oportunidad de mi vida. La opción de obtener los regalos de Navidad a precio de ganga o auténticos chollos que se supone que van a hacerme la vida más fácil. Me incomoda sentirme tentada, porque, ojo, me siento muy tentada, a comprar tecnología, electrodomésticos, ropa o sartenes que no necesito. La compulsión compradora es parecida a comer pipas. Empiezas a lo tonto y luego no sabes cómo parar. La indigestión es el resultado.

Los consumidores españoles han devuelto el 50% de las compras online que han realizado. Tras el subidón de llenar el carrito virtual de artículos innecesarios, llega el bajón de la cruda realidad y la cuenta corriente del banco. Puede que, incluso, aparezcan el sentido común y el cargo de conciencia. El sistema lo pone todo muy fácil. Comprar y devolver. Usar y tirar. Resulta que los costes ambientales de todo ese ir y venir no son relevantes cuando hablamos de llenar la bolsa.

No, no creo que cualquier tiempo pasado sea mejor, pero hay que reconocer que alguna cosa buena tenía.

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