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Juan Carlos Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

La Gran Decepción

Abrumado por el estrés, fueron muchas las veces que estuve a punto de tirar la toalla. De dejar atrás un trabajo vocacional, pero demasiado absorbente. De dejar atrás una gran ciudad enloquecedora. De dejar atrás un estilo de vida tiranizado por la profesión. La vez que más cerca estuve de pegar el portazo tenía en mente fugarme a algún sitio de Cantabria –nunca supe por qué Cantabria y no Asturias–. La idea era abrir una pequeña librería con la que obtener un mínimo sustento y vivir de acuerdo a unas necesidades mínimas. No de acuerdo a un muy buen salario que excedía mis necesidades, a un estatus social que no aportaba mayor satisfacción ni a una profesión que más que un trabajo era una forma de vida.

No lo hice. Nunca sabré si por miedo o porque la vocación profesional tiraba demasiado. De haberlo hecho, me hubiera convertido en pionero de un fenómeno muy inquietante que puede revolucionar la sociedad tal y como la entendemos hoy en día. Ya tiene nombre, mejor dicho, tiene muchos nombres como todo fenómeno que no acaba de concretarse. La gran renuncia, la gran dimisión, la gran remodelación, el gran agotamiento. Lo que sí no deja lugar a dudas es el adjetivo «gran» que precede a todos los intentos para precisar esta corriente.

Los datos que llegan de Estados Unidos son alarmantes. Alrededor de cuatro millones de personas dejan de engrosar cada mes la población activa. Y lo hacen de forma voluntaria. Eso es lo que dicen los expertos al comprobar que esas personas no buscan trabajo de forma activa tras abandonar sus empresas. ¿A dónde irán? El dato reciente, del pasado mes de septiembre, es cuando menos llamativo y muy significativo en un país con 320 millones de habitantes. Y aún hay más. La mayoría de esos desertores del mercado laboral –un 20 por ciento– se encuentran en la franja de edad más productiva, entre los 30 y 45 años.

Los analistas más conservadores atribuyen el fenómeno a las ayudas ofrecidas con motivo de la pandemia tanto por la administración de Trump como la de Biden. Más de diez millones de norteamericanos han recibido tres cheques por la nada desdeñable cantidad de 1.200, 600 y 1.400 dólares. Estos analistas consideran que las ayudas lo que hacen, en realidad, es que el trabajador compruebe que le es más rentable vivir con el subsidio que no trabajando. En suma, que desincentivan la búsqueda activa de empleo.

Pero las ayudas ya se han acabado y el fenómeno sigue. Lo que hace pensar que el fenómeno es más profundo. Lo que muchos ciudadanos están comprobando es que su trabajo o su carrera no satisfacen sus ansias personales. Vamos, que vivir para trabajar, en lugar de trabajar para vivir, no da la felicidad. Y no solo. La pandemia –que parece revivir una y otra vez– nos ha demostrado la fragilidad de nuestras vidas. ¿Quién no ha perdido a una persona de su entorno desde marzo de 2020? El día de mañana no está en absoluto garantizado. ¿Para qué trabajar para el futuro, sacrificando el presente, si tal vez mañana ya no estemos aquí?

Las consecuencias económicas de la Gran Renuncia –los norteamericanos lo escriben con mayúsculas– no se han hecho esperar. El pasado verano había en Estados Unidos 11 millones de puestos de trabajo sin ocupar. De seguir este ritmo, el sistema económico puede colapsar. De hecho, ya se perciben los primeros síntomas.

El fenómeno no ha llegado a España con tanta fuerza. Pero sí comienzan a percibirse síntomas preocupantes. La escasez de mano de obra es ya un serio problema. Según datos de octubre, con una de las tasas más altas de paro de Europa, en nuestro país hay 300.000 empleos que las empresas no han logrado cubrir. Y otro síntoma, la población inactiva –aquellos que ni tienen empleo ni lo buscan– alcanzó en 2020 cotas históricas.

Estamos ante un problema económico, pero, sobre todo, ante un problema psicológico. El presente es frustrante –trabajos precarios, condiciones leoninas, ausencia de expectativas…– y, por si fuera poco, el futuro ha dejado de ser atractivo. Vivimos en un estado de frustración permanente y la frustración lleva a la depresión. El 20 por ciento de los españoles padece problemas mentales según el Gobierno.

De momento, tanteamos salidas: volver a ocupar la España vaciada, bajarnos del caballo desbocado en el que se ha convertido el mundo laboral, vivir al día. Dirán que son problemas de ricos –que ya les gustaría tener en África–, pero problemas a fin y al cabo.

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