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Francisco Pomares

Pánico y moral

La reunión del G-7 para analizar la amenaza de la nueva variante del covid, ómicron, ya con una treintena de mutaciones, concluyó ayer con la advertencia de que el planeta se enfrenta a una nueva y muy contagiosa variante de la covid-19. La declaración se produce apenas una semana después de que ómicron fuera detectada en Sudáfrica, y coincide con la advertencia que ayer emitió la OMS pidiendo extremar las precauciones y asegurando que el riesgo global de esta variante es muy alto. Lo asombroso es que esta reacción se produce incluso antes de que los científicos hayan evaluado si la nueva cepa es más contagiosa que las otras, o si podría ser inmune a la vacuna.

Sin esa confirmación, que tardará dos o tres semanas en llegar, la contundencia de las declaraciones de los organismos internacionales y –sobre todo– la reacción de algunos países, parece responder a la histeria o el cansancio: los 27 países de la Unión Europea, Estados Unidos, Israel y Marruecos han optado por cerrar sus fronteras a los vuelos procedentes del sur del continente africano: se trata de aislarse de posibles infectados con la nueva variante, procedentes de Botsuana, Suazilandia, Lesoto, Mozambique, Namibia, Sudáfrica y Zimbabue. Una medida bastante absurda si se tiene en cuenta que ómicron ya se encuentra en la mitad de los países de Europa, y además es muy probable que se mueva libremente, como ocurrió en los primeros días de la crisis covid, cuando se tomaban medidas para aislar el primer mundo de los países supuestamente emisores del contagio, queriendo evitar que el virus llegara de fuera, cuando el virus estaba –probablemente desde hacía semanas– circulando dentro, causando estragos en Italia, por ejemplo.

Si algo nos ha enseñado esta crisis desde sus inicios es que todos los esfuerzos para reducir el contagio, basados en el establecimiento de controles fronterizos a determinados países, son bastante inútiles, porque el virus salta las fronteras y se cuela por los controles. Aun así, establecer medidas de cribado resulta eficaz cuando estas se aplican de forma global, cuando responden a una estrategia no dirigida a detectar contagios en los que llegan de determinados lugares, sino a todos los que llegan.  La covid es una enfermedad global, la primera gran enfermedad global a la que se enfrenta el planeta en este siglo. Y es absurdo obviar que las comunicaciones aéreas movieron cinco millones y medio de vuelos en 2019, llegando a superar en un solo día los 200.000 vuelos comerciales –sin contar vuelos militares o privados–, y transportando una media de 14 millones de pasajeros al día. No tiene sentido querer ponerle puertas al cielo con esas cifras.

Sabemos perfectamente cuáles son las medidas que mejor combaten el virus. Son las mismas de hace dos años y son sencillas de recordar: mascarilla, distancia social, higiene de manos. Está demostrado que funcionan, como lo está que funciona la vacunación: los territorios con mayor índice de pinchazos tienen menos contagiados, y quienes se contagian a pesar de estar vacunados enferman con menos virulencia. Es asombroso que sabiendo eso nos conformemos con haber logrado una vacunación del 70 o el 75 por ciento. Y es una auténtica vergüenza que en los países del primer mundo hayamos tirado millones de dosis de vacunas caducadas a la basura, mientras en África el nivel medio de vacunación no supera el siete por ciento de la población. Más del 80 por ciento de las vacunas se han usado en los países ricos, mientras los pobres han recibido menos de una de cada cien. El futuro juzgará este desastre como un genocida acto de soberbia y desinterés por la especie humana.

La forma en que el primer mundo intenta resolver la enfermedad, creyendo que puede salvar su propio trasero mientras la mitad del planeta sucumbe a la enfermedad, no solo es moralmente repugnante, es insensata: la covid no va a desaparecer del primer mundo sin ser vencida también en el resto de este planeta globalizado.

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