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Ana Martín

Artículo Indeterminado.

Ana Martín

La vida fake

Andaba yo insomne y aburrida, trasteando con el móvil –que es, exactamente, el verbo adecuado para describir lo que creen los jóvenes que hacemos las señoras de mediana edad con los aparatos electrónicos– cuando, cansada de la letra chica de los tuits y de la gente rara que anda por las redes a esas horas, entre las que, por supuesto, no me incluyo, decidí entrar en un terreno ignoto para mí: el de los reels de Instagram.

(Para señoras y señores que trasteen poco con el móvil, un reel es un vídeo de corta duración en el que la gente usa playbacks de canciones o conversaciones o efectos para hacer cosas de lo más variopinto, como enseñar una receta, hacer una gracieta y otras actividades que terminan igual y no vienen al caso).

Lo cierto es que, hasta ese momento, me había parecido a mí que los reels, junto a las performances de TikTok, eran un territorio limitado a adolescentes por aquello del sentido del ridículo, así que mi primera sorpresa fue la de encontrarme con que ese universo paralelo está poblado de hombres maduros haciendo cosas, mujeres de mi edad haciendo cosas y gente de toda procedencia y profesión haciendo cosas. A saber: cosas de comer, cosas del ejercicio, cosas del humor, cosas de los consejos y cosas del postureo. Por supuesto, acabé absolutamente enganchada a este último grupo al que, sin pensarlo, bauticé como La vida fake.

Fake de falsa, ya ustedes me entienden.

El algoritmo, que es más listo que una tea, detectó de inmediato mi preferencia por esta categoría de vídeos, así que se esmeró en ofrecerme lo mejor del catálogo con la sana intención de yo no parpadeara ni abandonara la aplicación hasta el amanecer. Para ello desplegó ante mí un mundo tan aberrante como hipnótico. Así aprendí que se pueden comprar adhesivos con el logo de coches de alta gama y pegarlos en el volante de tu coche normalito tapando la marca real. ¿Para qué? ¿Para qué va a ser, alma de cántaro? Para sacarte fotos fingiendo que eres rico, mientras rezas para que tu vecino no te siga, supongo, y se parta de la risa viendo cómo simulas una vida que no tienes.

Supe, también, que puedes usar unas pegatinas que tienen forma de cámara de móvil carísimo y tapar con ellas la cámara de tu teléfono de un modelo inferior. No vas a sacar fotos buenas, por supuesto, ni sirve para nada, pero aquí hemos venido a mentir, amigo.

Continuando el viaje, me sumergí en el pantano de las pizzas no pizzas hechas con coliflor, acelga, huevo, queso crema, aire, nubes o cualquier cosa insípida que a nadie en su sano juicio le apetecería comer jamás. Me introduje en el subsector del pan no pan que viene a ser un mazacote hecho con leche o claras pasteurizadas o almendra o cualquier otro ingrediente que no recuerde ni remotamente al pan, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Me quedé pegada a la pantalla mientras contemplaba cómo con una plantilla, sombra marrón y mucha destreza podías hacerte unas cejas de pega que envidiaría el mismísimo Groucho. Y todo eso con tres cancioncillas de fondo que se repiten hasta la saciedad: «culiquitacatí, culiquitacatá», «todo huele y sabe mejor» y «sencillita, tranquilita», ya me perdonarán que no domine los títulos ni conozca a los autores.

Total, que aquí estoy, días después, intentando asimilar lo visto y oído y pensando en si, de las múltiples y prodigiosas aplicaciones que tiene eso que tan pomposamente llamamos Inteligencia Artificial, nos vamos a quedar con la vida fake. Para borrarme cuanto antes, digo.

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