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Alberto Lemus

Cateto bajo el volcán

Hay cinco islas en La Palma. El macizo rocoso del norte, el escarpado verdor de La Caldera de Taburiente y el cálido sur respiran el mismo aire, pero parecen lugares distintos. La vertiente oriental apenas se percata de lo que sucede en la occidental, separadas -o unidas- por una cordillera que hasta diferencia los climas en uno y otro sitio.

El avión aterriza en la cara este y te dedicas a hacer un poco de turismo. En solo 24 horas no te da tiempo a visitar Los Tilos o el Roque de los Muchachos, ni de dar ese paseo mágico por las calles de Santa Cruz de La Palma, así que te planteas lo más inmediato con una caña en Los Cancajos y, si se tercia, te das un baño delicioso. La negra arena que pavimenta las calles te hace suponer que algo pasa. Pero realmente no ocurre.

Y coges carretera hacia el sur. En Fuencaliente te espera el que era el trozo de tierra más joven de Europa, ganado al mar hace cincuenta años por el Teneguía. Disfrutas de los charcos y la playa de Echentive, y te mandas unos camarones con otra cañita antes de un excelente almuerzo. Hay más arena negra acumulada sobre las mesas. Pero sigue sin pasar nada.

Cae la tarde. Cruzas el túnel de la cumbre, que acerca desde hace unos años las dos vertientes de la isla. Nublado. Cielo totalmente cubierto. Vaya mala suerte. No vas a poder ver aquello que has venido a visitar. Da igual, tu corazón late con fuerza. Se te corta la respiración. Y al poco te percatas de que sí pasa algo: Ese ambiente tan cargado y esa oscuridad no son esponjosos cúmulos, sino el humo que lleva dos meses empañando el cielo de La Palma. A lo lejos, violento, el volcán que querías ver te recibe con una perreta descomunal.

Asusta contemplarlo. Durante más de una hora estás en shock, maravillado ante esa fuerza desatada de la naturaleza, con la imagen de las negrísimas coladas bajo las que yacen Todoque y La Laguna, centenares de metros de carreteras y explotaciones plataneras del más valioso terreno rural del archipiélago.

La plaza de la iglesia de Tajuya, en El Paso, a escasos kilómetros del monstruo que ha surgido en Cumbre Vieja, se asoma al humeante malpaís que ha partido en dos el fértil valle de Aridane. Otra isla más dentro de la isla. Y subes al mirador del Time a contemplar al bicho, como allí lo llaman, en todo su horrible esplendor. No puedes hacer otra cosa que pensar qué hubiese pasado si todo ese horror se hubiese desatado en cualquier otro sitio mucho más habitado de La Palma, o que fuesen tu casa y tus recuerdos los que yacen bajo de la lava…

Vuelves a Tajuya. Y, de nuevo, al mirador del Time. Sea por la tarde, de noche o de día, sobrecoge la visión desde el cráter hasta la inmensa fajana, ese ruido continuado que tú solo escuchas unas horas, pero que tortura a diario a centenares de vecinos. A dos kilómetros, una capa de ceniza invade el pueblo de Los Llanos de Aridane en cuestión de minutos. Te percatas de que tú mismo estás hasta arriba de esa arena que el volcán no deja de lanzar al aire.

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hermanos de La Palma es visitar esa tierra única y contribuir allí, consumiendo sus maravillosos productos, alojándote en la zona y ayudando a generar ingresos. Necesitan de un turismo respetuoso y tranquilo. Las decisiones políticas se toman por encima de nuestras cabezas y deben ser mucho más rápidas, acompañadas de las ayudas que necesitan aquellos que lo han perdido todo. No esperen a que se apague el volcán para empezar a pagarlas. No hagan que nos avergoncemos de ustedes por no saber priorizar lo verdaderamente urgente.

Ahora, más que nunca, no te olvides de La Palma.

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