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Genios de la política

Iván Redondo parecía un genio de la política hasta que dejó de parecerlo, es decir, hasta que perdió el poder. Dicen que ahora Pedro Sánchez no puede ni verlo, pero ¿quién sabe si esto es verdad o no? Sencillamente porque de Sánchez –vista su trayectoria zigzagueante– puede esperarse una cosa y la contraria, y siempre, en algún momento, se acertará. Redondo es un hombre con atributos pero sin sustancia, que es como decir un amoral. O eso parece. Maquiavelo admiraba a ese tipo de políticos –los expertos se empeñan en señalar que el elogio del populismo empezó con él– y también nos lo creeríamos, si no fuera porque el sabio florentino era un hombre inmensamente culto y Redondo, un cortesano educado en Netflix (o en HBO, que para el caso tanto da). La cultura audiovisual no necesita de la sintaxis ni le preocupan sus carencias, de ahí que quiera suprimirla del currículum educativo. El pensamiento lógico incordia siempre al demagogo.

Redondo parecía un genio mientras la oposición temía sus ocurrencias. Su fama de Rasputín se confeccionaba con los saltos al vacío del presidente y la peculiar baraka que durante años le ha acompañado. Por supuesto, a favor de Sánchez y de Redondo ha jugado no sólo una coyuntura política explosiva –pensemos en los años del procés, que tanto enfrentamiento han creado en la vida pública española–, sino también la degradación de nuestra clase dirigente –y no sólo dirigente– a niveles insospechables hace dos o tres décadas, cuando España miraba hacia Europa y el lenguaje guerrillero de baja estofa se reservaba para unos pocos matones barriobajeros. Si entonces vivíamos engañados es una cuestión que deberíamos contrastar con la evidencia de lo que nos ha llegado después –poco importa si miramos a la derecha o a la izquierda del arco parlamentario–. Por si hay alguna duda, Europa ya se ha encargado de recordarnos que seremos de los últimos en volver al PIB previo a la pandemia y que, si queremos recibir los Fondos de Recuperación, tendremos que recortar las pensiones de la generación Baby Boom, la que nació entre los años sesenta y setenta del pasado siglo. Esto sucede en un país empobrecido, que ha hecho de la captura de rentas su pecado más habitual y, por tanto, más pernicioso.

A Redondo lo veremos en televisión –o leeremos sobre él–, como a Pablo Iglesias, con quien comparte una similar désinvolture. Son animales de nuestro tiempo –de nuestra sociedad del espectáculo–, a los que ya nos hemos acostum-brado. La intensidad ha sustituido a cualquier otra forma de debate racional y así vamos enlazando un pico de estrés con otro. La sobredosis de adrenalina requerirá tratamiento antiinflamatorio en algún momento. O no. Porque, una vez superados ciertos límites, se puede seguir cayendo sin freno hasta completar varios ciclos. Sin leyes ni límites, los pueblos se hunden en sus propias espirales de miedo, enfrentados a sus demonios. Como cualquier aventurero, Redondo actuaba convencido de que la fortuna sonríe al audaz. Pero esto ocurre sólo a veces. Porque, en la mayoría de ocasiones, quien no se sujeta a los límites lo único que hace es abrir una nefasta caja de Pandora que luego no sabrá cómo cerrar. Y, tal vez, ni le importe.

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