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Juan Gaitán

Aniversarios

Está cansada la mañana, esta mañana casi blanca que me mira a través de la ventana mientras trato de escribir, jornalero de la letra, la columna del sustento. También yo estoy cansado, como la mañana, o quizás ese cansancio hondo que percibo en la luz sea solo un reflejo de lo que me late por dentro.

Leo por ahí que en estos días se cumple el segundo aniversario del primer caso certificado de covid-19. ¿Dos años nada más? Casi parecen dos siglos. El tiempo tiene estas maneras, esta forma de ser, la elasticidad de lo intangible. Seis olas llevamos ya, según afirman quienes han tenido la paciencia de irlas contando, una tras otra. Al parecer, en el corazón de Europa está arrasando, se entiende que porque allí el personal es reacio a la vacuna y uno de cada tres se ha negado a ponérsela. Aquí, más sensatos, ya vamos por la tercera dosis para los mayores de sesenta años. Empiezo a preguntarme cuántas olas quedan y cuantos sucesivos pinchazos. Tiempos difíciles para los tripanofobos, que son, al parecer, quienes tienen miedo a las agujas.

Yo siempre he tenido más miedo al miedo, pero eso no sé si tiene nombre. Recuerdo bien las veces que he tenido miedo de verdad, y seguramente será por eso que a lo que más temo es a temer. Yo era un crío de cuatro o cinco años la primera vez que La Brigada de Investigación Social, más conocida como Brigada Político-Social, puso mi casa patas arriba. Entonces no lo supe, pero muchos más años después comprendí que el miedo es transferible, que se traspasa, que se contagia. Mi madre estaba muy asustada y, por lo tanto, yo también. Tuve mucho miedo porque mi madre tuvo mucho miedo. Me acuerdo de estas cosas con frecuencia, pero quizás más en estos días, cuando se cumplen cuarenta y seis años de la muerte de Franco. En mi ciudad, igual que en otras muchas ciudades, le van a hacer una misa, como todos los años. Víctor Jara decía en una canción “no lavarán sus manos toda la lluvia del sur”. Hablaba el chileno de un sur más húmedo que este sur que yo habito y que me habita, pero me vale la frase. A Franco y sus secuaces no le lavarán las manos todas las misas del orbe de aquí al final de los tiempos, pero desgraciadamente tampoco lo harán todos los procesos judiciales que se quieran abrir casi cincuenta años después, por más que sea cierto que todas las guerras civiles durante cien años y que los crímenes de lesa humanidad no prescriben. Pero a medio siglo vista todo apunta a que esta es una cuestión más cosmética que práctica, porque la mayoría de los criminales ya están muertos y aguardando la inevitable justicia del olvido.

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