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Si no apuntas a nada, no conseguirás nada

El fin último de las pensiones consiste en que los jubilados puedan tener una vida digna cuando el sistema laboral no pueda ofrecerle un puesto de trabajo, generalmente aparejado a su vejez.

Salvo las pensiones privadas, que se nutren de aportaciones personales y cuyo único beneficiario es el que aporta sus cuotas, el sistema público lo pagan los que trabajan actualmente y se benefician las generaciones anteriores que lo dieron todo por ellos.

No se trata, pues, de que haya que sostener las pensiones a cualquier precio, incluyendo, incluso, las pensiones no contributivas, que son ayudas sociales coyunturales y deben ir directamente a cargo del presupuesto y no a cargo de la hucha de las pensiones.

Es un discurso fácil sostener que se sacrifique una o dos generaciones para poder pagarlas cuando no se toman decisiones sobre la sostenibilidad de las mismas. O sea, que podamos permitírnoslas con los recursos que disponemos.

Si encima lo adornamos con un discurso simplista de que solo costará 15, 20 o 30 euros mensuales, según la fuente utilizada, nos olvidamos que recaen sobre 3 millones de empresas, que pagarán el 90% de ese extracoste y 20 millones de trabajadores que aportarán el resto.

Para entenderlo tenemos que verlo con perspectiva. Esas pocas empresas y trabajadores sostendrán a funcionarios, pensionistas, parados y subsidiados (27 millones de personas más).

No podemos obviar este derecho y para ello tenemos que tener en cuenta que debemos elegir bien el objetivo que queremos alcanzar. Si no apuntas a nada coherente, no conseguirás nada.

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