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Echar raíces

Me gusta esa expresión. Echar raíces. Anclarte y enraizarte en un lugar, sentir que formas parte de él, relacionarte con las personas, respetar el entorno, participar en las actividades que se desarrollan en tu barrio, pueblo o ciudad. Aportar, querer la tierra en la que vives. Echar raíces es saber dónde quieres volver una y otra vez. Algunas personas echamos raíces en el lugar donde hemos nacido, otras tienen que volar un poco para encontrarlo. Y cuando lo encuentran lo saben, aunque la vida no lo ponga fácil.

Este periódico publicó esta semana una entrevista a Sugey Jiménez. Una mujer colombiana, madre de un niño con autismo y usuaria durante medio año del Servei d’Acolliment Municipal, del Ayuntamiento de Palma. Este recurso le ha servido de trampolín para sumergirse en una nueva vida en la que su objetivo es ser independiente. Tomar las riendas de su vida para asegurar la de su hijo. Tener una casa, una hipoteca y echar raíces. Cuenta Sugey Jiménez cómo trató de alquilar un piso y cómo le cerraron las puertas una y otra vez. Por ser colombiana y por tener un hijo con necesidades de apoyo. Pasó por seis habitaciones hasta llegar al servicio público. Hoy es otra persona. Enhorabuena, Sugey. No sabes lo mucho que me alegro por ti.

Deberíamos hacérnoslo mirar. Deberíamos indagar en esos submundos de habitaciones arrendadas a precio de oro, lugares en donde se alquilan colchones por doce horas y en donde los niños no deberían crecer. Preguntémonos si nos enorgullecemos, como sociedad, de permitir que algunas personas vivan en ciertas circunstancias y seamos honestos, determinados pisos no se alquilan a determinados migrantes porque estos provienen de determinados países. La mayoría situados en el hemisferio sur. La filósofa Adela Cortina le puso nombre a ese comportamiento: aporofobia. Llamemos a las cosas por su nombre: hay rechazo a los pobres y estamos condicionados por múltiples prejuicios. Entre un sueco y un colombiano, ¿a quién de los dos le alquilaríamos un piso? Pues eso.

Hace años, una mujer con estudios superiores y muy bien posicionada socialmente me dijo que las personas con necesidades de apoyo (ella les llamó deficientes) le daban miedo. «Suelen ser agresivos», me dijo. No fue capaz de explicarme el cómo, el dónde o el cuándo esa afirmación tan ignorante se gestó. Ella solo recordaba que una niña que iba a la clase de los especiales gritaba durante los recreos. En vez de discutir si la Religión debe estar presente en las aulas o de cuestionarnos la importancia (vital, en mi opinión) de estudiar Filosofía en el Bachillerato, debería haber un consenso sobre lo imprescindible que es educar en la diferencia. Saber y, sobre todo, aceptar que las personas somos diversas, que algunas necesitan unos apoyos más intensos y que otras requieren de adaptaciones en los entornos para poder desarrollarse adecuadamente. Y que ninguna es mejor o peor que otra.

Me enorgullece que alguien con la resolución de Sugey Jiménez haya elegido nuestra comunidad como un lugar en donde echar raíces. Me gusta que quiera prosperar y pagar sus impuestos aquí. Me ilusiona que desee independizarse y comprarse una casa. Le agradezco que considere que éste es un buen sitio para que su hijo pueda disfrutar de su vida. Ahora nos toca estar a la altura de esos magníficos anhelos.

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