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José Vicente González Bethencourt

El valor de los libros y de la lectura

Una cosa es leer y otra muy distinta escribir, si bien lectura y escritura se complementan y necesitan. Cuando leemos llegamos a un lugar nuevo, cuando escribimos también, y en ambos casos descubrimos nuevas emociones y placeres.

«La literatura ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas», afirmó Ana María Matute en su discurso de recepción del Premio Cervantes. En el Cantar del Mío Cid se cita el caso de una niña que salvó a su pueblo gracias a la belleza de sus palabras. Y en su Manifiesto por la lectura, en 2020, Irene Vallejo comenta varios episodios que le hacen considerar que «los relatos nos ayudan a vivir, siendo las palabras un hechizo cargado de futuro». Según ella, la lectura es la ebullición de nuestras neuronas, un Big Bang luminoso en el recinto de nuestra mente. Leer, escribir y hablar van unidos, y los niños, cuanto más leen, mejor hablan y escriben.

Irene Vallejo cosechó un notable éxito con diversas novelas de ficción, pero quien le dio una merecida fama fue su ensayo literario sobre el origen de la escritura y de los libros, El infinito en un junco.

Llama la atención la cantidad de presentaciones de libros que se convocan actualmente, autores nobeles o desconocidos que durante mucho tiempo han vivido la ilusión de ese momento; una vez escritos, surge el dilema de la financiación. Normalmente lo costean con su dinero y en otras ocasiones logran alguna ayuda privada o institucional, algo cada vez más complicado, puesto que la crisis económica no invita a las empresas a colaborar, y las instituciones públicas cada vez destinan menos presupuesto a la edición de libros, y, por otro lado, los premios escasean cada vez más, y la probabilidad de ganarlos también.

El coste de la edición de un libro depende de muchos factores, entre ellos de su calidad y número de ejemplares, de las fotografías, de su maquetación y diseño, de si sus hojas van cosidas o pegadas, y de si se pretende su venta, dado que hay que tener en cuenta el porcentaje que corresponde a la distribución y a las librerías, con lo que, salvo honrosas excepciones, al final, al autor le llegan cantidades simbólicas o nada. Llegados a este punto, animo a quien quiera escribir un libro a que lo haga, siempre será mejor y más satisfactorio que dejarlo en el tintero.

Pero quede claro que ser escritor no es fácil, y buen escritor tampoco, y vivir exclusivamente de la escritura es casi un milagro, si bien no es el dinero lo que mueve a la gran mayoría de los autores, sino la satisfacción que recibe de sus familiares y amigos al ver su libro en los escaparates de las librerías.

Al respecto, mi experiencia es muy variable, y mi primera incursión surgió cuando quise publicar mi tesis doctoral sobre un trabajo de cirugía experimental en el colon de la rata realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Laguna. Ninguna puerta se abría en Canarias, hasta que una empresa alemana, Braun-Dexon, no solo lo publicó, sino que lo distribuyó entre cirujanos e instrumentistas de quirófano en España y otros países. De ahí surgió el libro Materiales de sutura en Cirugía, que supuso una novedad en la cirugía y la investigación.

Luego escribí la vida del médico Manuel Bethencourt del Río, vicepresidente del Cabildo de Tenerife, encarcelado tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936, El médico de los pobres, así como las atrocidades que sufrieron los presos leales a la II República en Diario y cartas de la cárcel, a cargo de ediciones Idea.

El siguiente libro, Curándonos en salud. Claves de la Sanidad en Canarias, fue financiado por varias empresas públicas y privadas, al igual que el último Historias del El Médano y el loco de la playa de Leocadio Machado, del que diré que me ayudó a enriquecer parte de mi tiempo, visitando bibliotecas e investigando en archivos, conversando con personas mayores, recorriendo el Sur de Tenerife, recuperando amigos y amigas. Un esfuerzo que bien ha merecido la pena.

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