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Joaquín Rábago

Hay que cambiar de modelo

De continuar por la senda del crecimiento y del consumo como hasta ahora, sin cambiar, esto es, de modelo económico ni de estilo de vida, ya pueden fijarse objetivos contra el cambio climático, que no pasarán de «pensamiento mágico».

Tal es la convicción que expresa el psicólogo social y politólogo alemán Harald Welzer en un libro de reciente publicación que denuncia el «estado de negación de la realidad» en que actualmente vivimos (1).

Un infarto cuyas circunstancias cuenta con humor en su libro le hizo pensar en lo que significa despedirse de la vida y en cómo le gustaría ser recordado cuando ya no esté.

Su súbita enfermedad le hizo no sólo reflexionar sobre la relación con la muerte en la sociedad actual, tan distinta de la de anteriores generaciones, sino también sobre la marcha de la civilización en general, y su análisis no puede ser más pesimista.

¿Tiene sentido, se pregunta, por ejemplo, hablar de la lucha contra el cambio climático, fabricando cada vez más automóviles individuales y de mayor cilindrada, aunque los nuevos estén dotados de motores eléctricos?

¿Lo tiene buscar desesperadamente un basurero nuclear que se ha demostrado que nadie quiere tener cerca para proteger a quienes nos sucedan de las peligrosas radiaciones de esa industria?

Del mismo modo se externalizan los costes de una producción industrial totalmente desbocada: ya sea trasladándolos al mundo en desarrollo; ya, dejando que carguen con ellos las próximas generaciones.

En los últimos cien años, explica, la humanidad ha consumido más energía que en los 200.000 años anteriores, y en sólo diez años, más que en los 1.000 años que precedieron al siglo XX.

Las cifras que da Welzer en su libro son abrumadoras y dan que pensar: desde 1900, los objetos fabricados por el hombre en todo el planeta se han duplicado cada veinte años.

Y la masa inerte de todo lo producido –edificios, máquinas, asfalto, plástico, automóviles, electrodomésticos, ordenadores– supera ya por primera vez el peso de la biomasa.

Welzer nos advierte de lo que califica de «movilización de las fantasías técnicas» como la de que la digitalización hará auténticos milagros de ahorro energético o que el hidrógeno verde será la salvación del planeta.

No entiende, por ejemplo, cómo desde el poder se corteja y se subvenciona a tipos como Elon Musk que no tienen más que ofrecer que las «utopías de movilidad» de mediados del siglo pasado: cohetes, automóviles y otros vehículos capaces de trasladarnos a enormes velocidades sin que sepamos muy bien a qué tanta prisa.

Seguir ignorando las consecuencias de un crecimiento ilimitado en un planeta de recursos que no lo son representa, escribe, «un problema moral y político», que no científico.

Es aquí cuando debe entrar en acción lo que Welzer llama «solidaridad intergeneracional». Los mayores de hoy, al menos en el llamado «mundo rico», han de aceptar renunciar a muchos de sus actuales privilegios en beneficio de los jóvenes, a quienes pertenece el futuro.

Esa solidaridad ha de traducirse tanto en medidas fiscales que penalicen el comportamiento anti-ecológico como en condiciones marco que favorezcan un nuevo modelo económico que deje de estar basado como hasta ahora en el crecimiento por encima de todo.

(1) Nachruf auf mich selbst. Ed. S.Fischer

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