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Maite Fernández Valderas

Gobernar nuestra post pandemia

Me gusta el término gobernar; gobernamos las empresas, los Estados, los municipios, los partidos, pero sobre todo debemos de gobernarnos a nosotros mismos; gobernar nuestras vidas. El gobierno de los pequeños detalles nos lleva a la gestión de esas grandes cosas, que nos dirigen a los magníficos resultados en lo personal y en lo profesional.

¡Procura no dar nada por hecho!, especialmente cuando se trate de tus emociones y de tu equilibrio, es una buena rutina consciente.

La serenidad que te aporta tu equilibrio personal es el camino ideal para la buena toma de decisión y tu felicidad. Especialmente en estos momentos de post pandemia, donde no somos conscientes de esos nuevos hábitos y valores que hemos incorporado a nuestro orden de prioridades.

Muchas costumbres hemos cambiado –sin pretenderlo–, porque el cambio ha sido paulatino y largo en el tiempo, lo que ha hecho que lo aceptemos y aprendamos e interioricemos de una forma inconsciente.

Y eso de que la pandemia nos uniría y nos haría más fuertes, deberíamos dejarlo y tratarlo como un mantra ya pasado. La pandemia, para determinadas personas ha sido una explosión personal, canalizada desde un aspecto positivo; explotando sus virtudes y su auto valoración. Para otras personas ha supuesto abanderar posiciones rígidas y poco empáticas con respecto a los demás, abandonando y dejando a la deriva los sentimientos ajenos… Una falta total de liderazgo compasivo; liderazgo personal muy necesario dentro de la política que vivimos y dentro de esta post pandemia.

Me gusta entrenar la capacidad para ser más flexibles; desarrollando visión y perspectiva. La rigidez como valor es aburrido, limitante en lo personal y en lo profesional. Tendemos a pensar que nuestro valor, nuestra acción y nuestro pensamiento tienen que ir absolutamente de la mano. Y todos hemos decidido que eso es lo coherente, así, sin matices, olvidándonos de que modular es la clave. De ahí viene esa capacidad de llegar a los demás, de ser capaz de vivir la vida de los otros.

Escribiendo este artículo a miles de metros de altura, en un vuelo que desde Sevilla me traía de regreso a Tenerife, noto ese cambio en la perspectiva de las cosas que solemos experimentar en los aviones; especialmente porque tu vida pasa a estar en manos de un tercero, dentro de un proceso que no controlas. Numerosos estudios nos llevan a concluir que la falta de ese locus de control interno es uno de los factores desencadenantes del miedo a volar, que aumenta en esas personas que viajamos mucho -y que yo corroboro-. Ese miedo, presente en ocasiones, en muchas facetas de nuestros días, incluida la política; miedo a equivocarnos en nuestra elección, y a que nos arrastre a una situación de inseguridad mayor o de menos protección.

Miedo que nos genera incertidumbre, malestar emocional. Miedo que cuando no está bien gestionado genera una mínima toma de decisión, el desánimo o la ira. Por ello, no me gustan esas campañas electorales en las que el miedo está presente; quizás las encuentro pocos profesionales, por los dudosos valores de honestidad que contienen.

Gobernar no es atemorizar, es aportar equilibrio. Mostrar serenidad a todos los seres humanos de una comunidad, de un municipio, de una región o de una nación.

En este liderazgo político de post pandemia es cansino presumir de modernidad, de progresía, de centralidad o de interés general mientras se abanderan posturas extremas. Es incierta la política por descarte –o estás conmigo o estás en contra de mí–, esa falta de comprensión generalizada que observamos en los periodistas que nutren algunas tertulias políticas, esa falta de autoridad moral que apreciamos en el Congreso; ese ejemplo que le ofrecemos a nuestra juventud dando por hecho que ‘eso’ es la nueva política, confundiéndolos una y otra vez. La política no ha cambiado, han cambiado los valores con los que elegimos a nuestros representantes políticos. La clave está en que deberíamos sentirnos orgullosos y orgullosas de ellos, ¿lo sientes así?

En esta post pandemia, pongamos en orden todas nuestras incertidumbres, para transformarlas en certidumbres. Sin miedo, desarrollemos, aún más, nuestra capacidad de discriminar; distingamos qué proyecto político representa mis intereses; qué alcalde, alcaldesa o representante de tu comunidad ocupa el lugar que consideras real; ¿quién es capaz de minimizar miedos reales? O, por el contrario, quién los crea en un laboratorio y los lanza a las almas de la población, para, curiosamente, resolvértelos y hacerte creer que eran reales.

«Votar más que elegir personas, es elegirnos a nosotros mismos, porque votamos espejos que nos reflejen, que nos devuelvan nuestra identidad, que nos digan quiénes somos, que nos representen».

Antonio Sola

@EtikMaite www.etikpolitica.es @etikpolitica

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