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Ana Martín

Artículo Indeterminado

Ana Martín

Ciencia ficción

Empecé a leer a una edad absurdamente temprana y eso me salvó principalmente de mí misma, pero también de ese mundo hostil que es la infancia. Sentía un orgullo extraño y secreto en ser capaz de descifrar el que yo llamaba El libro del elefante, una serie de cuentos orientales en los que me sumergía mientras mis compañeras de párvulos empezaban aún con las cartillas del método Paláu.

En la clase que daba al patio resonaba el «ba, be, bi, bo, bu», mientras, ajena a la letanía, soñaba con los perfumes exóticos que describía mi libro: un volumen vulgar, azul con cantos en dorado desvaído, pero, para mí, perfecto, porque solo yo podía acceder a él.

No tomé nunca la decisión de dedicarme a esto. La lectura y la escritura me llamaron y, como no me costó gran esfuerzo seguirlas, acudí sin pensar si estaba capacitada para alguna otra cosa.

En ese tiempo, como en este, había gran amor a la taxonomía y a guardar a la gente en cajitas estancas. Así que, siendo de Letras, no ponía ninguna atención especial a las Ciencias, como si ellas y yo estuviéramos destinadas a no rozarnos.

Por supuesto, crecí y seguí manteniendo la idea de que las Humanidades (marías, como se llama de manera vulgar y sexista a las carreras y materias consideradas fáciles o de poca enjundia) eran lo mío. Y que nada tenían que ver con los estudios de Ciencias, hechos para cerebritos con orejeras –sí, claro, yo también tenía mis prejuicios–, sin habilidades para la comunicación, a los que no podías sacar de sus fórmulas.

Pero hemos venido a aprender. Y, con el tiempo, empezaron a desdibujarse, por suerte, las fronteras que nos mantenían a los de Letras y los de Ciencias en planetas distintos. Se empezó a hablar de Inteligencia Artificial y de cómo, sin la mirada humana, esta no solo no es útil, sino que se vuelve peligrosa. En varias empresas de Silicon Valley se empezó a contratar a filólogos que tradujeran a lenguaje accesible la jerigonza técnica con la que se hablaba en cada departamento, que programaran chatbots, que enseñaran a hablar a las máquinas. Se empezó a entender que, en Ciencias, la comunicación es tan necesaria como la investigación, porque, sin la primera, la segunda es como si no existiera. Que los datos, sin relato, no son nada. Y quienes nos hemos empeñado en no quedarnos colgados en un pasado inútil, entendemos ya, sin complejos, que las Humanidades –en origen, aquello relativo al ser humano– tienen tanto que ver con el lenguaje como con los procesos que lo originan. Tienen que ver con la carne tanto como con el alma.

Katalin Karikó, una de las madres de las vacunas Covid, en su discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias, contó algunas cosas que me hicieron sentir que las Ciencias también eran, de algún modo, mi casa. Habló de que ella y sus compañeros se habían pasado años trabajando en tecnologías que a algunos les parecían «casi de ciencia ficción».

Y dijo, citando a Leonardo da Vinci, que el camino de los descubrimientos científicos «nunca sigue una línea recta, tiene giros y vueltas en cada coyuntura. Pero es importante seguir haciéndose preguntas y mantener viva la curiosidad».

Todo eso, el espíritu que alienta a los pioneros, que alumbra los grandes descubrimientos científicos, que requiere de enormes ejercicios de imaginación, de creación de la nada, es Humanismo. Y no es más verdad la verdad de la Ciencia que la del Arte. Ni menos. Ambas se complementan y alimentan. Y, conociéndolas, no solo se amplía nuestro mundo, sino el Mundo todo.

Lo sabía Leonardo, lo saben los científicos, lo sabemos los humanistas y deberían saberlo, de una vez por todas, quienes se empeñan en mantenernos en vitrinas separadas con nuestra preceptiva etiqueta bien a la vista.

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