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Una ventana al mundo

Quizá viajar en el tiempo es imposible, pero tenemos un simulador muy eficiente que produce casi el mismo efecto: ver vídeos y fotos antiguas. En muchas casas la puerta de entrada a épocas pretéritas es la tapa de una caja de zapatos o de una lata de galletas, donde hay una pila de fotos antiguas. Solo los miembros de más edad de la familia tienen el poder de saber identificar quiénes son aquellos rostros sonrientes y qué pasó con sus vidas. En los clanes más organizados la máquina del tiempo es un álbum (o más de uno). Todo perfectamente ordenado y cuando las generaciones jóvenes los heredan, notan el peso de la memoria en sus manos. Las familias que cuidan de estos recuerdos podrán explicar a los que aún tienen que nacer quienes eran y qué hacían sus antepasados. Quizás no lo saben, pero velando por su patrimonio audiovisual y preocupándose por conservarlo en buenas condiciones hacen lo mismo que los archiveros profesionales. Y es que esto que pasa en la intimidad, también se puede extrapolar a niveles más altos, porque las ciudades y los países también tienen sus patrimonios a preservar.

Capa, en segundo plano, fotografía a Juan Negrín en 1938.

Los documentos audiovisuales cada vez han ganado más importancia y por ello desde 2005 se celebra el Día del Patrimonio Audiovisual. Fue una iniciativa de la Naciones Unidas para celebrar el 25 aniversario de la Recomendación sobre la salvaguardia y conservación de las imágenes en movimiento que se aprobó el 27 de octubre de 1980. Ese año se celebró una conferencia general de la Unesco en Belgrado donde se discutió sobre la cuestión. La Recomendación resultante del encuentro ya anticipaba cosas que se han convertido en realidad en el siglo XXI. Decía, por ejemplo, que «las imágenes son características de la sociedad actual y que reflejan una parte cada vez más importante de la cultura contemporánea». Y eso que en esa época para ver las fotos uno tenía que llevarlas a un laboratorio de revelado, solo había la televisión, apenas se empezaban a comercializar aparatos de grabación videográfica y nadie imaginaba que acabaríamos llevando un teléfono inalámbrico y con cámara en el bolsillo, y todavía menos que no sabríamos vivir sin redes sociales.

Los ponentes eran conscientes de que los documentos audiovisuales son muy vulnerables y se pueden dañar muy fácilmente. Podemos leer sin problemas un libro o una carta de hace tres siglos, pero el contenido de un carrete de fotografía, de una bobina de cine o de una cinta de casete de hace pocas décadas se puede perder o bien porque el apoyo material se degrada o bien porque son tecnologías obsoletas y no se tienen los aparatos para reproducirlo.

Uno de los trabajos que están haciendo los archivos de nuestro país es una carrera contrarreloj para reunir cuantos más documentos audiovisuales mejor, pero no para guardarlos en una cajón, sino para hacer un inventario y un catálogo y, sobre todo, para digitalizarlos y poderlos compartir con la ciudadanía a través de internet. No es fetichismo ni nostalgia. Ayuda a entender porque somos como somos.

Aunque pueda parecer banal, este es uno de los retos de nuestro presente. Sin alguien que procure guardar las imágenes y sonidos, una parte de nuestra memoria colectiva desaparecerá. Y sin documentos es mucho más fácil mentir sobre el pasado, manipulándolo o inventando directamente. Todos aquellos que niegan el Holocausto nazi, por ejemplo, quedan desarmados cuando se les muestran las evidencias gráficas.

Solo hay un problema: los archivos valen dinero. Hay que invertir en profesionales e instalaciones porque solo así se puede preservar el material en condiciones. Seguro que muchos de nuestros lectores en su teléfono móvil tienen miles de fotografías y vídeos: quizás el primer selfi con la pareja, tal vez el momento en que la nieta aprendía a caminar... Cuando por culpa de una avería del aparato o un simple cambio de modelo todo aquello desaparece en un agujero negro digital, la sensación de pérdida personal es enorme. Perdemos una parte de nosotros mismos. Pues es exactamente lo mismo que ocurre cuando los archivos no tienen suficientes recursos para preservar nuestro patrimonio audiovisual colectivo.

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