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Mary Cejudo

Aquí una opinión

Mary Cejudo

D.E.P. el honor

Una amiga está soportando obras en el piso anexo al suyo. Ya ha perdido la cuenta de las semanas de decibelios del taladro, de las vibraciones y martillazos, de la suciedad en las zonas comunes y de todas esas perversidades que originan los que pretenden reformar al completo una estructura ya integrada en un edificio habitado.

Cada día me cuenta la odisea del anterior, vive pendiente de cómo afectará a las cañerías porque «nunca se han cambiado», como suele pasar en la mayoría de viviendas, mientras no den problemas que sí pueden darse en estas circunstancias y también, y aquí viene lo patético, de los agujeros que tales ruidosos artefactos han originado en las paredes de su vivienda. Por tres veces, le han perforado el interior de un armario de su dormitorio y mi amiga, persona aseada y discreta, masculla indecencias en contra de la falta de profesionalidad por dichos destrozos, de tener que permitir el acceso a la intimidad de su casa a personas a las que no ha contratado ni conoce, de la falta de educación del propietario que no se ha puesto en contacto con alguien de la junta de su comunidad o, como reclama, le haya pedido una «sola disculpa» (percibo que eso es lo que más le incordia y por lo que le aconsejaron, desde el primer incidente, fotografiara todas las zonas comunes susceptibles a sufrir algún tipo de desperfecto).

Todo ello ha sido rebatido por mí, fiel oyente de sus quejas, con dos argumentos de peso: recordándole que tenemos en las islas una tragedia que debería anular cualquier problemilla doméstico y haciéndola reír con algo de humor negro, eso de que «toda mala acción tiene su correspondiente efecto». Que el tiempo se lo demostrará.

La pasada semana, sin embargo, sucedió algo que, inesperadamente, me ha dejado sin argumentos para bromear con mi amiga: en una de esas vibraciones se rajó un cristal común de la fachada. Lo volvió a fotografiar y junto con la anterior, donde aparecía en perfectas condiciones, lo envió al administrador de la comunidad. Éste ha recibido, en contestación una curiosa carta del responsable de la obra (no hablo del relato de Kafka, aunque podría, sino de la pesadilla de mi amiga) donde además de puntualizar que lo que ella llama «brecha» (por una podía haber metido la cabeza completa) son «en teoría pequeñas grietas», indica que no arreglará cristal alguno porque lo considera un «chantaje o aprovechamiento para el arreglo de un desperfecto ya existente».

Mi amiga con las fotos del «antes» y el «después» del citado cristal en las manos, tuvo hasta que acudir al médico de cabecera para que le recetase unos tranquilizantes y lleva sin dormir desde entonces. Cuando, algo inquieta por su salud, le inquirí a tomarse esto como una anécdota de la vida post covid que nos espera, me ha preguntado «¿Y, mi honor?». Y, sinceramente, no he sabido qué responderle.

¡El honor! Esa utopía que, si alguna vez existió, fue en la educación que recibimos, aunque, a la vista está que no todos, de nuestros padres. Una quimera que se ha ido deshaciendo en el tiempo porque el mundo ya es un lugar sordo con respecto a los demás y el desprecio en las actuaciones de una mayoría no lo son sólo hacia los otros, sino hacia ellos mismos…

Ignoro el final de este relato aunque me temo lo peor porque esta clase de pozos de insensibilidad hacia lo que no es su comodidad y su “derecho” vive alejado de cualquier comportamiento civilizado. Sí, es imposible que sean secuelas de la vida post covid. Esto tiene que venir de antes…

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