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Sol y sombra

Los abrazos

Aunque no se haya plasmado físicamente, el más expresivo y sincero de los últimos abrazos que ha recibido en público Sánchez ha sido el de Arnaldo Otegi. Más lírico y menos a contrapelo que el de González en el congreso, que pareció surgir de una encerrona como el asalto a Biden, con los fotógrafos dispuestos a captar el momento estelar. El de Otegi ha sido, podríamos decir, como el abrazo del oso, porque únicamente causa daño y no incorpora el menor signo de arrepentimiento más allá de lo ya conocido. ETA, en 2018, se había expresado sobre el dolor de las víctimas de la misma manera aséptica. Por resumirlo de alguna manera, “debimos haber asesinado menos tiempo, quizás lo de Aiete llegó demasiado tarde”. En eso se resume el dolor para este sórdido personaje. Ni ofrece disculpas, ni pide perdón. Hasta el punto que el PSOE y el Gobierno se han armado un gran lío para interpretarlo de acuerdo a la conveniencia del socio con el que hay que pactar los presupuestos.

El partido recibió las palabras del etarra con un alborozo que hizo dudar al resto de si en realidad habíamos escuchado bien. El Gobierno de ese mismo partido, y al que también pertenece la extrema izquierda populista encantada con Otegi, se ha apresurado ahora a matizarlo asegurando que el paso ha sido insuficiente y que tendría que pedir perdón por el daño causado. Desconozco lo que pensará de todo esto José Luis Rodríguez Zapatero, que en su día había reivindicado su figura como hombre de paz, pero siento cierta curiosidad por saber si después de las palabras sobre el dolor y las víctimas, en la percepción del expresidente el personaje se acerca a Gandhi. Mientras tanto, los socios presupuestarios del Gobierno seguirán contribuyendo con los ongi etorri al dolor que para las víctimas suponen los homenajes a los asesinos cuando salen de prisión. Esa es la realidad, esos son los hechos.

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