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Alejandro de Bernardo

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Alejandro de Bernardo

“Te agachaste y creyó que te habías caído”

En el mundo hay de todo. En tu pueblo, tu calle y casi en tu portal… también. En la vida pasa lo mismo. Lo curioso por injusto es lo condescendientes que las buenas personas suelen ser con quien rara vez lo merece. Y visto lo visto, eso no es bueno. No lo es. Con eso propiciamos la reiteración de conductas, el afianzamiento de los mal educados, de los déspotas, de los abusadores, de los absolutistas y sinvergüenzas múltiples que pululan por todos los ámbitos.

Con los años vas descubriendo el error. Y te das cuenta de que hay que pararles los pies. Cuanto antes. Que mientras más los dejes, peor. Debemos dejarles claro que eso de hablar con la cabeza hueca, vacía de discreción y decoro… o llena de veneno, egoísmo, narcisismo y agresividad… no solo no está bonito sino que es insoportable.

Es extremadamente agotador y te aplana descubrir que alguien en quien has confiado cuando te das media vuelta, o cuando te agachaste y creyó que te habías caído, te clava ese puñal de palabras o textos que siempre tuvo escondido esperando la oportunidad. Aun así, estoy convencido de que, quien lo hace, no siempre es consciente de que esas palabras cargadas de malas intenciones se procesan en la misma centrifugadora del dolor. Luego, ya depende de cada uno entender y justificar al o a la bocazas que te puso a caldo porque, los “pobres” se sentían amenazados por tus cualidades que, a lo mejor, ni siquiera tú sabes que las tienes. Pero ellos las ven y, posiblemente, agrandadas.

Así que me sumo a uno de los “objetivos del Milenio” que leía de mi amiga Sara: “Desenmascarar”. “A quienes roban y ningunean el trabajo ajeno. A quienes son crueles y soberbios con los débiles y sumisos con los poderosos. A quienes, como Atila, no dejan hierba cuando pasan. A las personas envidiosas y acosadoras, con vidas tristes y egoístas, que buscan medrar y ser reconocidas a costa de empujar para abajo al resto. Paremos a esta gente, que se crece con el silencio, el miedo y la vergüenza ajena. Pequeños, pequeñas psicópatas acomplejados, a desenmascarar su mezquindad. No nos callemos ni consintamos”.

No sé si es este un pensamiento muy cristiano pero seguramente sí de Jesús de Nazaret, que no tuvo ningún reparo en identificar a los fariseos en el templo como “sepulcros blanqueados, como raza de víboras…” y a los que dijo que era más fácil que un camello entrase por el ojo de una aguja que el que uno de ellos lo hiciera en el reino de los cielos.

Se me ocurre que igual deberíamos pedirles perdón por saber vivir en paz con uno mismo, siendo capaces hasta de contemplar el beneficio que nos pueda aportar un fracaso inesperado, sin tener que pedir constante permiso para trabajar pequeños detalles que defienden la belleza.

¡Cuánta necesidad de bailar tienen! Poca música han escuchado. Poca y mala. Porque si los que sentencian actitudes y se toman la absoluta libertad de comentar atropelladamente ante quien pueda conocerte o no, hubiesen escuchado a Sabina, otro gallo les cantaría.

Quedamos exentos y libres de pecado los que no necesitamos que ningún mentecato nos autorice la alegría o estime concedernos su conformidad o aquiescencia para perdonarnos la vida a los que tratamos de disfrutarla.

¡¡¡Y cómo huir, cuando no quedan islas para naufragar. Al país donde los sabios se retiran del agravio de buscar labios… que sacan de quicio...¡¡¡

Un secreto: cuando me duele la vida… escucho a Sabina y se me pasa.

Feliz domingo.

adebernar@yahoo.es

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