Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ana Martín

Artículo Indeterminado

Ana Martín

Lo del alquiler

Por diversos motivos que ustedes no querrán conocer, he tenido, durante mi vida, diferentes caseros. Es decir, he vivido de alquiler, cual europea avanzada y moderna, sin mirar demasiado atrás cuando tenía que dejar esas casas que nunca sentí como mías.

Viví en un bajo con más humedades que cualquier canal de Venecia, que la propietaria intentaba arreglar sin éxito, porque se multiplicaban cada día, de modo que, cuando sin haber cumplido aún los veinticinco me empecé a conducir como una anciana reumática, tuve que renunciar e irme a un lugar más salubre, con verdadera consternación de mi casera, que, dicho sea de paso, era una persona encantadora aunque le hubiera perdido la batalla a las filtraciones.

Luego he alquilado pisos en distintas ciudades con desigual fortuna. Tuve un casero moroso al cual perseguían, de manera furibunda, Hacienda y una manada de acreedores. Era, sin embargo, y de una manera un poco obtusa, el arrendador ideal: no me arreglaba nada de lo que estaba roto pero tampoco me subía el alquiler ni me daba mucho la murga. De hecho, estaba desaparecido –oculto, vamos– de manera literal. Solo llamaba de vez en cuando para advertirnos de que si su hijo aparecía reclamando el dinero del mes en su nombre, no se nos ocurriera pagárselo, porque se lo iba a gastar en vicios.

En efecto, toda la familia acabó embargada y, cuando tuvimos que empezar a depositar la mensualidad directamente en una cuenta del Tesoro Público, se acabó nuestro idilio caseril y nos dijo que nos fuéramos, que como nosotros éramos demasiado legales, iba a alquilárselo a unos conocidos suyos. En negro, vaya. No nos lo dijo con estas palabras, claro, sino con un escueto burofax al que no pusimos ni un pero porque, sinceramente, en ese punto ya temíamos que pudiera suceder cualquier cosa.

He vivido en lugares supuestamente silenciosos en cuyo entorno se montaban a diario saraos que escuchábamos todos excepto el casero, que se empeñaba en que éramos muy delicados de oído, al tiempo que ponía su mano de gran tenedor extendida para cobrar, religiosamente, sin rebajar un chavo por los vicios ocultos del piso y de los convecinos.

He tenido que hacerme la gymkana de la búsqueda de un lugar donde vivir, sorteando zulos a 900 euros, casas pretendidamente luminosas que eran sótanos con ventanucos como aquel de Tacones Lejanos; por hacer, he hecho hasta un casting al lado del Teatro Real, donde nos citaron a siete posibles inquilinos de golpe. Subimos todos por una escalera mientras, al llegar al exiguo rellano, nos miramos atónitos reparando en que habíamos ido a ver el mismo lugar. La visita, en la que la propietaria nos trató como a ganado, fue atropellada y lisérgica. La pareja joven que nos precedía solo decía: “qué horror, qué horror”. Y a mí me dio un ataque de risa. Luego lloré un poco, pero esa parte no tiene tanta gracia.

Con todo esto que les he contado, sigo pensando que el alquiler es la mejor solución para mí, nómada de corazón, como mis ancestros. Y, por supuesto, no he dicho jamás, ni pública ni privadamente, que todos los arrendadores sean usureros ni mentirosos ni malas personas. Porque, honestamente, no lo creo.

Sin embargo, he oído a la señora presidenta de esta Comunidad –autónoma– en la que vivo ahora estigmatizar a los más de quinientos mil inquilinos que moramos en sus calles y me he quedado muerta. Especialmente porque me pregunto qué estadísticas maneja para decir, tan alegremente, que los que alquilamos apartamentos a precio de jets privados somos, básicamente, okupas o morosos. Me gusta como título de una serie, mira. Hasta para una función me parece que puede estar medio gracioso. Pero no para la vida. La vida –nada fácil, por lo general– de medio millón de almas es una cosa bastante más seria.

Compartir el artículo

stats