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Vivir entre volcanes

En las últimas semanas, Canarias ha despertado una atención mediática fuera de lo común. De exportar paisajes idílicos en los que todo parece dispuesto para el goce, hemos pasado a producir imágenes de devastación material y tragedia humana que ni tan siquiera ha podido ocultar la turistificación del territorio. A su vez, esta sobreexposición nos ha brindado la oportunidad de conocer la forma en que se nos representa fuera del Archipiélago. Y la verdad es que la experiencia no está resultando nada placentera.

Desde que se agrietaron las cumbres de La Palma hemos sido testigos de lo limitada e inexacta que es la idea que se tiene de las Islas. De hecho, no solo personas anónimas en redes sociales, sino sobre todo rostros conocidos del periodismo, cargos electos, algunos responsables científicos y mandos de los cuerpos de seguridad han dicho y hecho cosas que han generado un malestar creciente en nuestra sociedad.

Hemos sido testigos, por ejemplo, del redescubrimiento de nuestra naturaleza volcánica. Como si se tratara de un gran hallazgo, muchas personalidades públicas no han dejado de incidir en las características geológicas de las Islas, queriendo fijar un axioma que a estas alturas no debería ignorarse: que vivimos entre volcanes. Aunque el aspecto más problemático de estas aseveraciones no se encuentra en el asombro que está despertando la fuerza telúrica del Archipiélago. El asunto de mayor gravedad reside en la condena explícita a la población canaria que comporta el develamiento de semejante realidad.

Tal y como hemos comprobado, se ha cuestionado la idoneidad de residir en un territorio que, paradójicamente, soporta la mayor densidad de población del Estado. Y todo ello como si no hubieran transcurrido ya dos milenios desde que los seres humanos habitan el Archipiélago, lo cual supone un desprecio evidente a los conocimientos que generaciones y generaciones de insulares han acumulado, especialmente en las últimas décadas de estudio intensivo de su actividad sísmica. Se podría decir que la manida alusión a lo inconveniente de vivir entre volcanes (como si existiera algún lugar en el mundo exento de padecer cualquier catástrofe), se ha vuelto un espejo que no refleja, sino que más bien degrada la imagen que muchas y muchos poseen de las Islas.

Otros episodios han causado la misma incomodidad mientras eran retransmitidos en horario de máxima audiencia. El más reciente ha sido la negativa a incorporar en el discurso técnico y mediático sobre la erupción elementos oriundos del territorio. De modo que, en lugar de enmendar todos los lapsus cometidos con la toponimia insular e, incluso, con la denominación de la Isla en que está teniendo lugar el desastre, se ha consolidado su desprecio a los saberes locales evitando el uso, por ejemplo, de canarismos como fajana, así como de muchas de las denominaciones que han sido propuestas para dar nombre al volcán por la gente de La Palma. La razón para hacerlo, aseguran, es la corrección lingüística, pero también la inteligibilidad de los mensajes que especialistas y comunicadores lanzan a diario. Una afirmación que deja bien claro que sus representaciones del Archipiélago excluyen deliberadamente a quienes vivimos aquí.

Este tipo de problemas de traducción intercultural son una constante en el devenir de las sociedades humanas. Además, estos acaban muchas veces en conflicto, aunque es cierto que cuando dichas diferencias se dan entre grupos con intereses compartidos también pueden fomentar el entendimiento mutuo. En cualquier caso, se debe admitir que este último supuesto no se ha cumplido hasta ahora en Canarias, y que la urgencia de someter la realidad insular a las lógicas que imperan en otros lugares del Estado ha prevalecido. De ahí que se pueda afirmar que es algo tan viejo como la colonialidad del poder lo que está convirtiendo la ubicación física y simbólica desde la que hablan sus autoridades en un espacio centrado que condena a la periferia al Archipiélago. Una práctica que pensadoras como la filósofa Gayatri C. Spivak han acuñado con gran acierto con el nombre de violencia epistémica.

Este tipo de agresiones, pese a carecer de materialidad, pueden estar anticipando problemas de proporciones más profundas. Y es normal, pues responden a un intento deliberado de someter a la sociedad isleña a una visión que ahoga sus propias voces y vivencias. Por eso creo que los acontecimientos actuales nos obligan a reflexionar sobre las causas de ese malestar que nos atraviesa. Quizás de esta manera, abriendo espacios inéditos para repensar cómo nos ven desde fuera y cómo nos vemos desde Canarias, reparemos en que nuestro problema nunca ha sido vivir donde vivimos, sino enfrentar las formas de violencia consustanciales a nuestra subalternidad.

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