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El amante y la corona

Estos días, la figura de Juan Carlos I gana protagonismo informativo otra vez. Desde un punto de vista histórico, su caso tiene poco de excepcional; porque monarcas con asuntos extramatrimoniales y negocios poco claros los ha habido siempre. Ahora bien, tal vez una de las cosas que ha cambiado es la visión que se tiene de las relaciones amorosas. Tradicionalmente se había responsabilizado a las amantes de las malas actuaciones de los reyes. En este caso, también se ha atacado a Corinna Larsen, pero queda muy lejos de la persecución que sufrieron otras mujeres. Uno de los casos más fascinantes es de Lola Montez.

Juan Carlos I y Corinna.

En realidad se llamaba Eliza Rosanna Gilbert y nació hace 200 años en Irlanda, aunque creció en la India, adonde su padre, militar de carrera, había sido destinado. Su progenitor murió cuando ella tenía 3 años pero continuó residiendo en la colonia británica porque su madre contrajo matrimonio con otro oficial.

Entre los 10 y los 15e años, Elisa estudió en Escocia y luego intentaron casarla con un juez aristocrático de 60 años. Ante esta situación la chica huyó con un soldado y se instaló con él de nuevo en la India. La historia de amor fue efímera y volvió a las islas británicas. Allí hizo amistad con la actriz Fanny Kelly y se animó a estudiar danza. Fue entonces cuando creó el personaje de Lola Montez, aprovechando que todo lo español era visto como exótico y sensual.

Según las crónicas, aunque no sobresalió en el mundo del espectáculo consiguió ir de gira por París. Quizá su talento no era extraordinario pero su belleza, inteligencia y fuerte carácter sedujeron a muchos hombres. Entre ellos al músico Franz Liszt, que le abrió las puertas de los círculos intelectuales de la capital francesa. En el escenario no tuvo tanta suerte y las malas críticas la obligaron a buscar nuevos destinos. Escogió Múnich. Era 1846. Entonces Baviera era un estado independiente gobernado por Luis I. Conocer a la bailarina le haría perder la cabeza y la corona.

Todo comenzó cuando Montez pidió audiencia real. Quería protestar porque los responsables del teatro de la ópera de Múnich la habían vetado al tener constancia del poco éxito de su incursión parisina. Según las biografías, tras la reunión salió de palacio convertida en la primera bailarina de la compañía del teatro. La actuación no fue bien y el público la despidió con silbidos. Pero el rey ya se había enamorado. A pesar de la diferencia de edad -él tenía 60 años y ella, 25– la convirtió en su amante. Le ofreció una mansión en la calle de Barer y una renta anual de 10.000 guldens, cinco veces el sueldo de un profesor universitario de la época.

Provocó un escándalo en la Corte. La reina Teresa no quiso aparecer junto a su marido en los actos públicos ni en los banquetes. Aquella separación era simbólica pero era lo máximo que osaba hacer una consorte entonces. Los familiares también le dieron la espalda y su hermanastra, casada con el rey de Prusia, no le fue a visitar.

A pesar de todo esto, Luis I iba a casa de Lola Montez cada tarde. Pero ella era una mujer inquieta y hacer de amante no la llenaba. Comenzó a relacionarse con los sectores políticos más liberales de Múnich y se convirtió tanto en el centro de todos los chismes de palacio como de las conspiraciones. La gota que colmó el vaso llegó cuando Luis I la nombró condesa de Landsfeld.

En Baviera hacía tiempo que había mal ambiente. El rey era autoritario y mientras en Europa ya soplaban aires de libertad y democracia, él seguía aferrado al absolutismo. El caso Montez solo fue la chispa que lo hizo saltar todo por los aires. En febrero de 1848 hubo disturbios en la universidad entre partidarios y detractores de la bailarina. Luis I la terminó expulsando de Baviera, pero no fue suficiente para detener las protestas. Ante el temor de que la corona fuera derribada, abdicó en favor de su hijo Maximiliano II, que promovió la redacción de una Constitución.

Aunque Lola Montez confiaba en reencontrarse con Luis I en Suiza, no la siguió. Eso sí, el rey murió lejos de casa, en Niza, en 1868.

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