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Alfonso González Jerez

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Alfonso González Jerez

El ungido

Nadie, por supuesto, podía presentar batalla, por lo que Ángel Víctor Torres no fue reelegido secretario general del PSOE de Canarias, sino ungido como líder milagroso y sin embargo tan humano que ha propiciado el mayor maná de poder y poltronas que los socialistas isleños han disfrutado en toda su historia. Hace cuatro años Torres fue un candidato ligeramente improvisado por un amplio bloque del dirigentes socialistas de la provincia oriental –con conexiones tinerfeñas, desde luego, como Gustavo Matos– para evitar la espeluznante circunstancia de un PSOE comandado por Patricia Hernández, populista ciclotímica que en un momento de despiste del intelectual orgánico colectivo llegó a ser candidata presidencial de los socialistas en 2015 y vicepresidenta del Gobierno con Fernando Clavijo. De Jerónimo Saavedra, Juan Fernando López Aguilar o José Miguel Pérez a Patricia Hernández: una deriva política e intelectual muy preocupante. Torres dispuso de dos apoyos formidables, Dolores Corujo y Blas Acosta, mandamases de Lanzarote y Fuerteventura respectivamente, y del respaldo decisivo de Sebastián Franquis, tutor del socialismo grancanario desde que Felipe González llevaba pantalones de pana.

Lo que ha hecho Torres, fundamentalmente, es ganar las elecciones autonómicas y conseguir –al contrario de los compañeros que le precedieron– lograr los suficientes apoyos parlamentarios para formar Gobierno: el primero presidido por un socialista desde 1993. Ha sido más que suficiente: liderar mayorías que han permitido desalojar a CC de la inmensa mayoría de las corporaciones o persistir en la fórmula específicamente palmera de cogobernar con el Partido Popular. La Palma es el único del Estado español donde el PP no es una pútrida sentina de corrupciones y vicios, hasta el punto de gobernar fraternalmente con ellos (también, gracias a la señora Corujo, existe algo parecido en Lanzarote: ahí el PP no genera demasiada sarna en las pieles progresistas). Por lo demás Torres no ha intentado en ningún momento ningún cambio, por modesto que sea, en la organización socialista, en su funcionamiento interno, en sus relaciones con la sociedad civil, en su metodología de gestión. Para ganarse a los compromisarios palmeros en su primera elección, por ejemplo, le prometió a Anselmo Pestana proponerlo como jefe de los policías y los guardias civiles, tal vez una pulsación infantil crecida entre rapadura y rapadura, y admitió a un ente plasmático llamado Jorge González, amantísimo discípulo de Pestana, como responsable de la secretaria de Organización. Poner a González como secretario de Organización era una invitación a la nada, y eso es lo que ha ocurrido, aparte de minucias como intentar decapitar al alcalde de Arona, José Julián Mena, por el pecado de conseguir mayoría absoluta, y salir trasquilado judicialmente.

El PSOE es actualmente un partido burocratizado y anodino donde el debate interno ha devenido inapreciable, casi una mala costumbre del pasado, y que ahora está repleto más que nunca de cargos públicos que, obviamente, no disponen de demasiado tiempo para la vida orgánica o inorgánica que pueda existir en la feliz familia socialista. Por supuesto que luchan por salvar y escalar posiciones en la organización: es en el partido donde se siguen disputando influencia, elaborando o revisando listas, transando acuerdos entre intereses personales o fraccionales. El partido es un instrumento de sus dirigentes, transformados en élite enrocada en sus posiciones, no una herramienta de la sociedad civil para su transformación gradualista. Hace siglos que no pare un documento mínimamente solvente. Torres ha intentado retóricamente reverdecer su supuesto proyecto socialdemócrata y su canarismo, pero es que incluso se cargaron lo del PSC-PSOE. Lo único cierto es que ya tienen un nuevo secretario general y que el mandarinazgo de Torres (un secretario pragmático, conservador, pactista y astuto) será largo, muy largo.

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