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Palabras

He soñado que mi jefe me pedía si había acabado el proyecto para la convocatoria de los fondos europeos. En mi sueño, yo entraba en pánico y le suplicaba que me explicara de qué me estaba hablando. Él ponía los ojos en blanco, yo me excusaba diciendo que no sabía que tuviera que presentar algo a un fondo, pero él no se amilanaba y me ponía de patitas en la calle. Horas después, con el café con leche en una mano y el periódico en otra, he comprendido por qué he soñado con los fondos europeos. Porque son el maná de este tiempo. Están en los medios y todo el mundo habla de ellos, opta a ellos y confía en ellos. Son los salvadores de la hecatombe y es incomprensible que hayamos sobrevivido sin esta figura hasta ahora.

Las modas van y vienen. En las palabras, expresiones y sus combinaciones, también. Hubo una época en la que todo el mundo ‘ponía en valor’ alguna cosa y si no te dedicabas a la innovación, no eras nadie. Hace unos años, visité una empresa y conocí al responsable de esa disciplina. Un señor con vaqueros, americana y gafas de pasta, que me saludó desde su silla tras una mesa de madera y un ordenador de lo más convencional. Cuando pregunté a qué se dedicaba exactamente se hizo el silencio. Recuerdo cuando los jefes eran gerentes, directores y, si me apuran, directores generales. Hoy son CEO. Todo muy complicado. Conocí a un CEO que culminaba cada una de sus frases con un «¿verdad?». Esa necesidad de reafirmación constante puede llegar a ser muy cansina. Para muletillas, la de mi profesor de gimnasia, que nos anima, ejercicio tras ejercicio, con un «lo tienes» recurrente. A mí me hace mucha gracia escucharle y mirarme en el espejo. Nada concuerda y solo sé que no tengo nada, pero así es la vida. Te gustaría ser de una manera, pero la realidad es otra.

Me alegra que la tendencia de «lo siguiente» haya quedado un poco demodé. Esa exageración para proclamar que «Pepito es simpático, no, lo siguiente» o que «Ramona es trabajadora, no, lo siguiente», me recordaba a la intensidad de aquellos que utilizaban el «poderosamente la atención» para destacar algún hecho, por nimio que éste fuera. Hay expresiones tan relamidas que agotan. Otras son tan sencillas que dejan a medias. Entrar en una sala y saludar con un «buenas» es un coitus interruptus de la cortesía.

La palabra del momento es ‘competitivo’. El presidente Pedro Sánchez, los representantes de las comunidades autónomas o ejecutivos de cualquier empresa que se precie usan ese vocablo varias veces en sus alocuciones. Intuyo que se refieren a que debemos estar dispuestos a trabajar mucho muchísimo y, como la experiencia me dice que junto a competitivo suele utilizarse el término productivo, imagino que, además de trabajar mucho muchísimo, deberemos conformarnos con el mismo sueldo bajo bajísimo. Comprendo que esas palabras se usen para generar confianza en los mercados exteriores, pero echo en falta otras que busquen calmar los ánimos individuales. Estaría bien hablar de bienestar, de seguridad, de reconversión, de nuevas oportunidades, de sostenibilidad o de futuro porque ahora, que el veranito ha pasado, quien más quien menos tiene inquietud, no, lo siguiente. Y las palabras son terapéuticas.

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