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Volcán de oportunidades

La sabiduría popular contiene muchos dichos aplicables a la situación por la que atraviesa La Palma a causa de la erupción volcánica. Uno de ellos es que las ramas no dejan ver el bosque y que podría traducirse en esta ocasión como que las cenizas que caen como lluvia, la lava que mana desde las profundidades, la emisión de gases con algunas sustancias tóxicas y los malpaíses candentes no permiten vislumbrar un futuro de esperanza y progreso para las familias afectadas por la catástrofe en el Valle de Aridane y, por extensión, para el resto de habitantes de esa isla.

Al igual que cuando perdemos a un ser querido, después de tres semanas de desastres y aún con el dolor dentro del cuerpo de quienes hemos visto como el volcán sepultaba hogares, modos y medios de vida, trabajos, negocios, instalaciones, cultivos, aulas, carreteras y recuerdos, quizá sea el momento de, sin dejar de lamernos las heridas, comenzar a pensar no tanto en la reconstrucción, sino en el comienzo de una nueva etapa, consistente en no repetir lo realizado hasta ahora, sino en innovar, en lugar de renovar, para hacer mejor las cosas.

Para ayudar en esta ingente tarea existe un área del conocimiento denominada prospectiva, dedicada al estudio de las causas técnicas, científicas, económicas y sociales que aceleran o retrasan la evolución de una sociedad o de un colectivo humano y a la predicción de situaciones que podrían derivarse de su desarrollo, lo que podría aplicarse no sólo a La Palma, sino al conjunto del Archipiélago Canario, para aprender de los errores y procurar no repetirlos en años o décadas venideras, cuando se produzca un fenómeno eruptivo similar en cualquier isla.

Desde un punto de vista crítico, la ausencia de víctimas mortales se debe tanto a la gestión realizada como a cierta dosis de fortuna, por el lugar donde se produjo la fractura del suelo y dio origen a la erupción: una zona despoblada de monte, lo que facilitó el tiempo imprescindible para una rápida evacuación de los alrededores. De haberse originado en un lugar poblado o un poco por encima de núcleos como Las Manchas o Jedey, la situación podía haberse complicado.

La decisión adoptada durante la mañana del domingo 19 de septiembre de 2021 en la reunión del equipo del Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias (Pevolca), de mantener el semáforo volcánico en nivel amarillo pudo acarrear graves consecuencias, aunque al menos se acordó iniciar la evacuación «de manera preventiva» de las personas con movilidad reducida, mientras cualificadas voces pedían subir el color a naranja. De hecho, el semáforo pasó directamente de amarillo a rojo.

Parte del problema de que el semáforo no subiera de nivel estuvo en el comité científico, donde conviven integrantes con numerosos trabajos sobre el fenómeno volcánico en general y el de estas islas en particular divulgados a través de publicaciones científicas de prestigio, junto a otros con muchas menos investigaciones contrastadas. La otra parte del problema y que generó confusión estuvo dentro del ámbito político. Así, mientras el director técnico del Pevolca, Miguel Ángel Morcuende, manifestó que «tenemos un aumento de la actividad muy clara y además está en superficie», a continuación el presidente del Cabildo de La Palma, Mariano Hernández Zapata, afirmó que «nadie nos puede decir un espacio temporal en el que se pudiera producir una erupción volcánica y, por tanto, no estamos en el momento de pronunciarse el comité científico sobre un cambio de nivel». Todo parece indicar que no se quiso escuchar a quienes teniendo el mayor conocimiento y experiencia lanzaron la advertencia, que pocas horas después quedaría refrendada por el propio volcán.

Si bien el desalojo de la zona de exclusión en torno a la erupción resultó bastante ordenado, habría que preguntarse si no sería necesario en estas islas hacer, como sucede en muchos países, simulacros de evacuación en zonas con riesgo volcánico, al igual que se hacen para estar prevenidos en caso de incendio en edificios elevados, en los barcos de pasajeros en caso de hundimiento o en zonas costeras en previsión de tsunamis.

En Canarias se programó un simulacro para finales de marzo de 2020, pero en Gran Canaria y Tenerife, no en La Palma o El Hierro donde se han registrado las últimas erupciones. Tampoco involucraba a la población, sino a Protección Civil, Policía Canaria y Unidad Militar de Emergencias. Este ejercicio proponía un escenario aparentemente más propio de una película de ficción que de la realidad, pero establecía que, «cuando los datos de la red GPS e imágenes de satélite indicaran deformaciones muy notables del terreno, el semáforo volcánico de información a la población se situará en naranja, de erupción inminente», que es precisamente lo que no se hizo en La Palma.

Al contemplar cómo ha quedado por el momento el Valle de Aridane, tras ser abierto en canal por la lava y dividido en dos mitades incomunicadas por sucesivas murallas de malpaís, no quiero ni imaginarme cómo o por dónde escapar si algo parecido sucediera en Gran Canaria, por ejemplo en los límites de la Caldera de Bandama más cercanos a los principales núcleos de población; en el área metropolitana de Santa Cruz de Tenerife entre Taco y Ofra, o en los valles tinerfeños de La Orotava o Güímar (lugares donde se aprecian a simple vista conos volcánicos), aunque una erupción en estas tres últimas zonas es muy poco probable, según el Plan de Actuación Insular Frente al Riesgo Volcánico. Lo que sucede y cómo sucede en La Palma debería de hacernos reflexionar de manera colectiva sobre el futuro, no sólo en cuanto a la posibilidad de cultivar dentro de unas décadas sobre los terrenos ganados al mar por este volcán como sucedió con la erupción del San Juan en 1949, sino sobre la necesidad de crear un grado de Geología por parte de alguna de las universidades públicas canarias o juntas en colaboración, ofrecer especialización en vulcanología de manera permanente, formar equipos de investigadores de referencia mundial como sucede, por ejemplo, en astrofísica; así como apostar por campus descentralizados con aulas en distintas islas del Archipiélago para aprender sobre el terreno. Siempre mayor conocimiento implica menores riesgos.

También habría que enseñar en los colegios a comprender mejor nuestros volcanes y a que los alumnos sepan qué hacer en caso de erupción; proyectar una red viaria que tenga “salidas de emergencia” conocidas y señalizadas en caso de posibles erupciones o desprendimientos por actividad sísmica, tomando en consideración tanto erupciones precedentes visibles en el paisaje como el poblamiento o el uso del suelo para la agricultura, la ganadería, la industria o el turismo. De igual modo, parece menos vulnerable a una crisis tectónica o magmática un sistema energético basado en pequeñas y medianas instalaciones geotérmicas, fotovoltáicas o aerogeneradoras de proximidad respetuosas con el medio ambiente y el paisaje, en lugar de grandes centrales eléctricas de combustión.

Recuperar lo perdido es una misión imposible con tanta destrucción, pero se debe y se puede proyectar un futuro mejor, con más rigor científico y conocimiento del territorio sobre el que nos asentamos, con el condicionante de que los modelos de predicción volcánica se basan en acontecimientos poco frecuentes, pero de un gran poder devastador. Esta tarea debía haberse comenzado hace tiempo, pero ahora puede resultar más oportuna que nunca, por los cambios e inversiones que se avecinan para avanzar en sostenibilidad y frenar la crisis climática global.

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