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Juan Pedro Rivero González

SANGRE DE DRAGO

Juan Pedro Rivero González

El bono cultural

Es tremendamente extraña esta época. Solemos quejarnos de que hay poca valoración del esfuerzo personal, del compromiso personal por afilar el lápiz de los talentos para ponerlos al servicio de la sociedad y, por otro lado, todo se subvenciona y se bonifica.

He escuchado diferentes posturas en torno al bono cultural que concederá a los jóvenes mayores de 18 años la posibilidad de invertir en espectáculos y exposiciones, en cultura. Para algunos es una manera electoralista de contentar a los nuevos votantes; para otros una forma creativa de promover el arte y la cultura. De cualquier manera, es una forma de bonificar el interés, o de interesar al abonado.

La gratuidad lleva encerrada en su interior el estigma de lo inútil. Si no cuesta, no vale. No sirve. Es importante que no todo sea gratis y que cada uno descubra que aquello se propone porque ayuda. Un ejemplo: ¿Qué valor tienen hoy los fuegos artificiales de una fiesta popular? La mayoría son gratis y subvencionados por las concejalías de fiesta. Cuando aquellas comisiones de fiesta, con un esfuerzo común, convertían la noche es un espectáculo de luz y color, el valor era diferente: era el fruto de un esfuerzo colectivo. Lo que no te cuesta no lo valoras. O puede que no lo valores.

Tal vez este sea una de las claves que distingue la sociedad del bienestar y la sociedad del bien común. Puede ser la diferencia entre la limosna y la solidaridad. Ayudar a otra persona debe incluir a la otra persona. Ayudar no es suplir a la otra persona. Promover la cultura no es regalarla.

Me ha parecido extraordinaria la respuesta del Sheikh Mohammed –gobernador de Dubai– al ser interrogado sobre el futuro de la ciudad de los rascacielos del desierto: «Mi abuelo andaba en camello, mi padre andaba en camello, yo ando en Mercedes, mi hijo anda de Land Rover y mi nieto va a andar de Land Rover, pero mi bisnieto va a andar en camello…».

Y añadía Sheikh Mohammed: «Los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean tiempos fáciles. Los tiempos fáciles crean hombres débiles, los hombres débiles crean tiempos difíciles.”

No necesitamos irnos muy lejos para descubrir esta experiencia en nuestras propias familias y descubrir que asistimos a la emergencia de una sociedad desacostumbrada al sacrificio y a la renuncia para alcanzar objetivos. No creo que debamos añorar la dureza del pasado, pero que no nos ciegue de tal manera que los diagnósticos de los psicólogos no abunden en aquello de la «incapacidad para manejar la frustración». Tremenda herencia podremos estar dejando detrás de nosotros.

La Fundación Foessa ya nos advertía en 2019 que la próxima generación vivirá peor que sus padres. Tendrá mayor dificultad que sus padres para acceder al mercado laboral. Le costará más alcanzar sus objetivos vitales. Pues estaría bien que esta dificultad fuese solo fruto de la crisis económica y no de posturas pedagógicas envueltas en algodón de azúcar.

De pequeños ¿no nos decías que lo que pica sana? ¿No nos decían que el que algo quiere algo de le cuesta? Rescatemos el refranero popular y reconozcamos que esa sabiduría popular también es cultura. ¿No nos decían que en muchas ocasiones hay que tragar sal y no hacer muecas? No imagino a un medallista olímpico sin horas incontables de entrenamiento previo.

El esfuerzo es un concepto social que es también cultural: la cultura del esfuerzo.

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