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Juan Cruz Ruiz

TESTIGO DE CALLE

Juan Cruz Ruiz

Manuel Padorno, un hombre fuera de lo común

Por la calle Santa Engracia de Madrid paseaba habitualmente, en los últimos años de su vida, uno de mis mejores amigos, el doctor José Toledo. Por razones de su enfermedad, aquel gran hombre atento, uno de los médicos más importantes de su tiempo, y una de las personas más extraordinarias que hayan pasado por mi vida, iba abstraído, mirando al frente, buscando el final de la calle para regresar a su casa, que quedaba cerca de la plaza de Alonso Martínez, un lugar de libros y cerveza.

Este último viernes estuve en esa plaza, mirando libros viejos, o descatalogados, y me entretuve ante el gentío que ocupaba las sillas infinitas, las mesas, hasta la sombra de los árboles, disfrutando de la música o el griterío. Miré alrededor y en mi subconsciente empezó a volar aquel recuerdo del amigo Pepe como si lo estuviera viendo salir de la casa, tomar el paseo de Santa Engracia y regresar, mirando al frente, a la casa donde le esperaba su mujer, Teresa Monsalve, o sus hijos, y los papeles en los que durante algún tiempo escribía sus recuerdos o sus poemas.

Esos recuerdos me vienen con mucha frecuencia ahora, y los necesito para seguir respirando, para saber que el tiempo no es capaz de desprendernos de la vida que he vivido, sino que esos retazos de tiempo vivido con otros me lleva todavía por el camino de lo que soy y no sólo de lo que fui, pues la vida es no olvidarse de lo que te hizo. Pensé esta misma semana en todo ello pues hay algo que me está sucediendo, y no es de ahora. En mis paseos, agitados o tranquilos, suelen venir a verme, sin que estén ya aquí, aunque no son estrictamente pasado, pues el pasado completo no existe, siempre es parte del presente, personas que conocí y que fueron mis amigos y que jamás puedo olvidar, y por tanto cuando se hacen presentes son figuras, esencias, sombras que viajan conmigo por esos territorios en los que la compañía es necesaria y ellos la dan.

Las cosas son así, alguna vez hay que decirlo. Entre esas personas que no existen y existen me viene con persistencia Manuel Padorno, el poeta que nació en Tenerife, se recrió para siempre por la calle Albareda de Las Palmas, cerca siempre de una playa, y murió en Madrid en mayo de 2002, una madrugada triste de un día en que él tenía puestas muchas esperanzas. Ese día, con algunos poetas, entre ellos su amigo Arturo Maccanti, Manolo iba a recitar en el Jardín Botánico madrileño, había preparado minuciosamente su intervención y las intervenciones ajenas, y antes de acostarse se lo estuvo contando por teléfono a un amigo, que era yo. No sé qué hacía él con el teléfono, pero lo escuché como si paseara, igual que hacía yo mismo en mi casa, de un lado al otro de su casa en la Avenida de los Toreros, 24, manteniendo despierta, quizá, a su mujer, su legendaria amiga, su amor, Josefina Betancor.

Pues ese hombre, aquel poeta, Manolo Padorno, se me aparece también todos los días, en cualquier circunstancia, andando por la calle o peinando mis pelos ya definitivamente blancos, y esa voz ronca pero suficiente, sus modos de elevar la mano hasta llevarse el cigarrillo a la boca, su forma de darle al taco del billar o de enfadarse, sus pies en la orilla exacta de la playa o descalzos debajo de la mesa como de carpintero ebanista, sus incontables papeles, uno tras otro, dando fe del poeta que era, todo ello que conformaba su ser del tiempo en que yo lo conocí, me viene otra a vez a mi casa, a mis ojos, a mi memoria, y se está ahí ratos y ratos, como si hablara.

Ahora me han pedido su hija Patricia y otros amigos que esté en una mesa, en la que llaman Biblioteca Estatal de Gran Canaria, en torno a esa figura que ya está en la historia de la poesía. La ocasión era la presentación del tercer tomo de las Obras Completas, donde está todo lo que escribió y publicó y lo que también permanecía inédito y que tanto Patricia como Alejandro González Segura dieron a la imprenta de la muy leal y perfecta editorial Pre-Textos, que trata a Padorno como si fueran sus amigos, sus padres, o los chicos de Las Canteras que le daban lumbre o risas.

En ese acto en el que estuvieron la propia Josefina y la otra hija, Ana, había amigos, sobrinos, parientes, yernos, personas que conocieron bien sus noches y sus billares, que le acompañaron en la madrugada que él convirtió en día luminoso, y mientras yo los escuchaba a unos y a otros, a los que hablaron y también a los que miraban hablar con ese gesto mudo y atento que tiene el público, yo me acordaba de las voces de los hermanos Padorno, así que también me vino la figura de Eugenio, su hermano menor, y lo vi junto a Juan Ismael, dándole entrada a la literatura a un muchacho que yo también conocí y que entonces también se llamaba como yo.

Luego nos fuimos a caminar por el malecón donde resuena la playa sin arena de la que vienen el mar y el aire de esa zona de la ciudad, los acompañé en la cena a todos y también a Joaquín Mañoso, el más antiguo colaborador de los Padorno en aquel jardín de libros que fue Taller de Ediciones, y hablamos de los cuadros, de lo que aun sigue inédito, de la larga noche de aire que fue su vida, y volví a verlo, de mil maneras, mientras regresaba al hotel y sentía que el tiempo no había borrado nada, que en esos poemas o en esos escritos que habíamos presentado no sólo estaban él y su voz sino su presencia, su presencia física, enfadado, como en el libro, por el desdén con que a veces lo trató el ser humano en que se constituyen las islas para dejar a un lado la generosidad y poner en ese sitio lo viscoso y lo ruin, el desdén por la calidad o el genio. Llegué al hotel, me eché como si tuviera sueño, y hasta el amanecer le estuve dando vueltas a lo que me había enseñado, sin éxito quizá, para no ser vulgar, para hacer que la poesía y la noche y la vida fueran inolvidables, como lo fue él mismo. Igual que tantas veces me viene a ver por las calle mi amigo Pepe Toledo, por ahí amanece siempre la figura de Padorno, que asimismo fue un hombre fuera de lo común hasta callado.

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