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Joaquín Rábago

Bajo el volcán

Es pura casualidad el hecho de que la acción de esta Così fan tutte, de Mozart, que acaba de estrenarse en la Staatsoper berlinesa se desarrolle con la silueta de lo que parece un volcán siempre al fondo.

Volcán que por supuesto nada tiene que ver con el inquietante al tiempo que fascinante espectáculo de la isla de Palma que vemos todos los días en nuestros televisores.

El director de escena, el francés Vincent Huguet, ha pensado en algún lugar del Mediterráneo: la acción se desarrolla en un pequeño puerto, donde dos jóvenes parejas de novios pasan sus vacaciones.

Allí un ya maduro y cínico personaje llamado don Alfonso idea una estratagema para demostrar algo de lo que está absolutamente convencido: la volubilidad del sexo opuesto.

Los novios, convencidos en cambio de la absoluta fidelidad de sus enamoradas, aceptan la apuesta que aquél les lanza, participando en el engaño que ha fraguado.

Así, ambos son llamados de pronto a una supuesta guerra para regresar poco después al mismo lugar disfrazados de albanos y dispuestos a tentar con sus requiebros a las muchachas, que no reconocen en ellos a quienes poco antes las habían abandonado.

Così fan tutte es la última de las tres óperas compuestas por Mozart sobre otros tantos libretos del italiano Lorenzo de Ponte, y es frecuente que en los teatros de la ópera de todo el mundo se ofrezcan en forma de ciclo.

Huguet encuentra en cualquier caso una estrecha conexión entre las tres óperas mozartianas, y ve en ellas algo así como la historia de un personaje masculino en las tres etapas de su vida: la juventud (Così fan tutte) , el matrimonio, crisis incluida (Las Bodas de Fígaro) y la madurez y muerte del seductor (Don Giovanni).

Y por ese orden pretendía llevarlas a escena en Berlín, salvo que la pandemia del coronavirus le trastocó esos planes. La pasada primavera, la Staatsoper estrenó Fígaro, primero en streaming y más tarde ya con público.

Y ahora ha sido el turno de Così…, también con espectadores en la sala, todos ellos vacunados contra el Covid-19 o que han superado la enfermedad, algo que han de demostrar con los correspondientes certificados antes de entrar en la sala.

Così…, cuyo estreno estaba programado en principio para la primavera de 2020, representa el punto de partida: es una obra ciertamente ambigua pero que en cierto modo parece presagiar la liberación sexual de la mujer, su equiparación al varón.

Pues si las dos mujeres no son en esta ópera precisamente ningún dechado de virtud es porque tampoco lo son los varones: no son ni mejores ni peores que ellos. Es la lección que pretende impartirnos el libretista.

Y si la acción se desarrolla, como decimos, al pie de lo que parece un volcán, es un auténtico volcán de sentimientos al que se ven expuestas las dos hermanas -Fiordiligi y Dorabella- por sus disfrazados seductores: Guglielmo y Ferrando.

Está maravillosa Marina Viotti (Dorabella) con su siempre modulada voz de mezzosoprano, sin que quede atrás Federica Lombardi, una Fiordiligi capaz de combinar seriedad y frivolidad con la mayor naturalidad del mundo.

Muy convincentes también Gyula Orendt como Guglielmo, y Paolo Finale (Ferrando), que canta con delicadeza una de las arias más emocionantes de toda la ópera: “Un’ aura amorosa”.

Completan el excelente elenco el barítono Lucio Gallo en el papel del maduro maquinador de la trama y la gran soprano Barbara Frittoli, que encarna a su improvisada cómplice, Despina.

Al frente de la Staatskapelle berlinesa, el maestro Daniel Barenboim interpreta la partitura mozartiana atento en todo momento al mínimo detalle. Si vienen por Berlín, no se lo pierdan.

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