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Joaquín Rábago

Una vergüenza más para Estados Unidos

El mundo ha visto cómo el autoproclamado “líder del mundo libre” trataba a los pobres negros haitianos que intentaban atravesar el Río Grande en busca de asilo en Estados Unidos.

Las imágenes de agentes fronterizos persiguiendo a caballo a migrantes indefensos resultaban difíciles de soportar para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y respeto por los derechos humanos.

Se trataba de familias huidas de un pequeño país francófono, el más pobre de América, sacudido por los terremotos y cuyo presidente, Jovenel Moïse, había sido asesinado por mercenarios, algunos formados por el Ejército de EEUU y con conexiones con la diáspora haitiana de Miami.

La portavoz de la Casa Blanca de Joe Biden justificó en un primer momento esas persecuciones a caballo con el hipócrita argumento de que los agentes fronterizos se protegían así de posibles portadores del virus del Covid.

El periodista de investigación Jeffrey St. Clair recordaba estos días en la revista Counterpunch la revolución de los esclavos de la antigua colonia francesa de Saint-Domingue, primer movimiento revolucionario de América Latina, que culminó en la abolición de la esclavitud y la proclamación en 1804 de la primera república negra en la isla caribeña.

Más de dos siglos después, “la tierra de los libres y patria de los valientes”, como reza su propaganda, ha dado con las puertas en las narices a miles de migrantes de países a los que la política exterior y económica de Washington ha contribuido a arruinar, critica St. Clair.

El tercer presidente de EEUU, Thomas Jefferson, hijo de esclavistas y él mismo esclavista, advirtió al francés marqués de La Fayette, héroe de la independencia norteamericana, en el año tres de la Revolución francesa del peligro que representaba para todos la revolución haitiana.

A menos que Francia lograse controlar Saint-Domingue, “todo esfuerzo que pueda hacer en el futuro logrará reducir a los negros”, escribió entonces Jefferson al militar y político francés.

A raíz de aquella histórica revolución encabezada por Toussaint Louverture se produjo un éxodo hacia EEUU de propietarios y comerciantes negros, a los que el Gobierno de Washington recibió con los brazos abiertos.

Temeroso de que la revolución de los esclavos haitianos pudiera contagiar a los que había entonces en EEUU, Jefferson impuso un duro embargo a la nueva república, cuya independencia Washington no reconocería oficialmente hasta 1826.

Estados Unidos, señala St.Clair, “ha pasado los últimos doscientos treinta años intentando castigar a los haitianos por su insolencia de entonces y está dispuesto a gastar más dinero en campos de detención, cárceles y vuelos de deportación que lo que costaría alojar y alimentar a esa gente”.

Según el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EEUU (ICE), el Gobierno de Washington ha contratado más de doce vuelos a compañías aéreas privadas para deportar a los migrantes haitianos.

Muchos de los deportados viajaron maniatados en los aviones, y sus pertenencias fueron arrojados a las pistas del aeropuerto de Port-au-Prince nada más aterrizar, asegura el periodista norteamericano.

Según fuentes de la emisora CNBC, el Gobierno del demócrata Joe Biden ha deportado a más de 690.000 migrantes “ilegales”, más que los 440.000 expulsados por su predecesor republicano, Donald Trump.

La izquierda del Partido Demócrata acusa al Presidente de violar sus promesas electorales con su actual política de inmigración.

Según Julián Castro, ex secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano del Gobierno de Barack Obama, Biden pone así en peligro la coalición social que le llevó a la Casa Blanca.

El jueves de la pasada semana dimitió su enviado especial a Haití, Daniel Foote, en protesta por el trato dado a los migrantes de la isla y acusó al Gobierno de haber hecho caso omiso de sus recomendaciones.

A su vez, los fiscales generales de diecisiete Estados federados escribieron una carta conjunta al presidente Biden en la que le pedían que aprovechase el margen de maniobra jurídico existente para tratar con empatía y justicia a los haitianos.

La mayoría de los migrantes haitianos que buscan asilo en EEUU no van allí directamente desde su patria, sino que muchos de ellos viven desde el anterior terremoto de 2010 en diversos países de América del Sur y central.

Sólo en Colombia hay actualmente, según las autoridades de Bogotá, 30.000 haitianos, y otros tantos podrían estar en Panamá, país al que han llegado este año en torno a 70.000 migrantes de varias nacionalidades, camino todos ellos de EEUU.

Mientras tanto, en el país más rico del hemisferio occidental, decenas de miles de migrantes están sin techo, pasan hambre y no reciben prácticamente atención médica, critican las organizaciones de derechos humanos.

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