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Bajo el volcán

No queremos asumir que nuestras vidas, tan importantes, son apenas un segundo en la edad de la tierra, un suspiro, por eso seguimos edificando en los cauces secos de los ríos, porque, total, llevan así treinta años, y cuando llegan las riadas y el agua vuelve para exigir su curso natural, lamentamos la tragedia, sin aprender nada. No queremos comprender lo poco que somos, porque no es agradable restarse importancia, o más bien, quitársela del todo. Un volcán que lleva años inactivo despierta y nos coloca en nuestro sitio, en el eslabón de una cadena de la que creíamos tirar, sin darnos cuenta de que estábamos atados. Un volcán no parece cosa del siglo XXI, pensamos, de la era de internet, la alta velocidad, el control absoluto sobre la evolución y sus causas. La pandemia vino a recordarnos que éramos seres vivos no omnipotentes, y ahora la lava nos da otra lección de historia. Hemos estudiado las epidemias que asolaron el mundo en libros de texto que no hemos llegado a asimilar. Una erupción es cosa del pasado, del Vesubio, de las películas de romanos. La peste pertenece a la época oscura de la Edad Media. Pero ningún libro nos hablaba nunca de la prepotencia del ser humano antes de la catástrofe, ni de si aprendió o no una lección de humildad a sangre y fuego. Tampoco nos hablaron de cómo se desmonta una casa en unas horas para salir huyendo. Lo acabamos de ver en la televisión y aun así nos resulta ajeno. He pensado muchas veces en los exiliados de las guerras, en cómo cabe una historia familiar en unas maletas, cómo se elige qué se lleva, qué se queda atrás. Dónde se guarda la llave de una casa a la que no se va a volver. Ahora contemplo las imágenes de los habitantes de los pueblos arrasados por la colada de lava. Lloran, miran a su vez las imágenes de sus casas devoradas por un fuego que es el mismo del Vesubio, del Etna, salido de las entrañas de un miedo que no entiende de siglos ni modernidades. En una noche han tenido que elegir qué fotos, qué documentos, qué se llevan de un presente que será pasado en unas horas. Y mañana tengo que trabajar, dice una mujer desesperada. Y yo me levanto, me ducho, desayuno, acudo a mi trabajo como si fueran rutinas que nada ni nadie pueden cambiar. Y a veces me quejo de eso mismo, en una casa que creo a salvo de las llamas y la destrucción, una casa en la que no está preparada una maleta con pasaportes ni informes médicos ni ropa de emergencia para una situación inesperada. Y vivo, ajena a esa realidad, sin aprender que soy apenas un segundo. Ya en el coche, escucho en la radio a un hombre que ha perdido todoy aun así, habla con voz extrañamente calmada. Solo podemos esperar a ver qué hace el volcán, dice. Y esa frase me acompaña todo el día, mientras pienso en cómo podría dejar mi hogar en unas horas, en la ropa que llevaría o dejaría, en los juguetes de mis hijos ahora desperdigados en un salón ajeno al miedo. Luego, doy mis clases, explico las figuras literarias, vivo, como si estuviéramos a salvo de la catástrofe, y no en el filo de la intemperie.

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