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crítica

Menos villano que vengador racial

U no de los motivos del magnífico éxito logrado por Déjame salir (2017) fue la habilidad con la que habló de la división racial en Estados Unidos y la opresión sufrida por la comunidad negra usando el lenguaje del cine de terror. Sin embargo, no fue la primera película en hacerlo. Entre otras la precedió Candyman, el dominio de la mente (1992), protagonizada por un vengativo fantasma de color que aparece cada vez que su nombre es pronunciado cinco veces frente a un espejo. Pero aquella era una historia sobre los afroamericanos contada desde una perspectiva eminentemente caucásica, y ahora el autor de Déjame salir, Jordan Peele, ha coescrito y producido una secuela homónima en la que ese problema queda subsanado.

La nueva película rebosa ideas. Peele y la directora Nia DaCosta usan a su protagonista, creador de una serie de pinturas que usan a Candyman como inspiración, para hablar de las presiones que los artistas negros sufren para satisfacer las exigencias de un público mayormente blanco, y también proponen sendas críticas a la pretenciosidad consustancial a la industria del arte y a los procesos de amnesia colectiva y destrucción de identidad cultural derivados de la gentrificación de barrios llenos de historia y de trauma. Pero, por supuesto, Candyman sobre todo habla del trauma que aquellos con la piel más oscura sufren en un país que los trata sistemáticamente como monstruos. De hecho, aquí el ente asesino del título no es sino producto de la brutalidad policial y del dolor y la furia que la represión genera entre la comunidad afroamericana, menos un villano que un vengador racial. Entretanto, DaCosta usa el metraje a modo de muestrario de una colección de secuencias de acción y violencia llenas de ingenio y escenificadas con deslumbrante precisión. Menos efectiva, eso sí, se muestra a la hora de integrar con el impacto visceral que esos momentos generan y el comentario social que sobre el papel les da su razón de ser. Candyman prefiere verbalizar lo que quiere decir en lugar de sugerirlo a través de las imágenes, y los esfuerzos que invierte en ello le llevan a desatender la creación de tensión y la construcción de psicologías complejas. A medida que el relato avanza algunos de los personajes desaparecen y otros empiezan a comportarse de forma ilógica, y la película en su conjunto va mostrando menos interés en sus conceptos de cabecera más en el gore y otras estrategias de género más típicas.

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