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Juan Pedro Rivero González

SANGRE DE DRAGO

Juan Pedro Rivero González

«Buitres carroñeros del dolor ajeno»

Entre lo sublime y lo escabroso. Entre la solidaridad y el egoísmo. Ese es el espacio en el que solemos vivir los seres humanos. Queremos conocer y que se nos informe y, a la vez, nos atrae el regodeo y el morbo que provoca el dolor ajeno contemplado, subrayado, indicado y detallado.

Hemos contemplado a través de las redes sociales algunas actitudes de buitres mediáticos buscando la carroña del dolor para ganar algún punto en los niveles de audiencia. Pero todos, de alguna manera, somos culpables de esa rapiña morbosa. ¿Qué necesidad tiene la audiencia de mirar, con los ojos de la cámara, qué cosas han recogido y colocado sobre la caja de un camión una familia a la que ha empujado el volcán a abandonar su casa? Respetar la intimidad y el sufrimiento es también parte importante del respeto a la dignidad de las personas.

Me dirán aquello de que lo que no sale en la televisión no existe y que hay que darle a la audiencia noticias de la situación real que sufren las personas para despertar la solidaridad. ¿Seguro que este es el motivo? ¿Estamos seguros de que se trata de un acto de solidaridad?

Hemos de sentirnos orgullosos de pertenecer a un pueblo al que no hay que pedirle mucho para que despierte el espíritu de solidaridad. No hay situación dolorosa que no nos conmueva y sintamos la pregunta en nuestra consciencia: «¿Qué puedo hacer los ellos?». Hoy me gustaría responder a esa pregunta gritando que «lo primero, respetar su dolor y no hurgar en él. Respetar la intimidad de las personas y no hurgar en ella. Lo primero, respetar».

El modelo de acción social de Cáritas nos recuerda permanentemente que la persona debe estar en el centro de nuestras acciones. La persona, como sujeto de derechos, como imagen de Dios, que posee una dignidad aunque padezca, sufra o esté en una situación de exclusión. Ojalá que eliminemos de nuestro lenguaje los conceptos pobres, presos, mendigos, migrantes, marroquíes o africanos. Ojalá comencemos a reconocer, con el mismo lenguaje que usamos, que se trata de personas pobres o empobrecidas, personas privadas de libertad por haber cometido un delito, personas que han emigrado, o personas de origen marroquí o africano. Personas, lo primero.

También en La Palma la lava del volcán ha hecho sufrir a personas y familias la pérdida de sus casas, sus huertas, sus ilusiones y recuerdos. Personas, con toda su dignidad.

Esto que les escribo no me lo he inventado yo, ni se me ha ocurrido a mí. No. Es el eco de conversaciones múltiples en las que se comparte el desagrado de tantas imágenes que no son necesarias ni responden a un verdadero derecho a la información.

Sin embargo, y a pesar de todo, me cuesta cambiar de canal. Nos cuesta. Porque vivimos entre lo sublime y lo escabroso, entre la solidaridad y el egoísmo.

Pero no está todo perdido. Tenemos remedio.

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