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Sol y sombra

El guirigay de las lenguas

Un senador de Junts habla de la “integración total” de las leguas cooficiales y recalca que ninguna está por encima de otra. No puede ser que la lengua común y universal, la que hablamos todos los españoles, mejor o peor, esté a la misma altura que el panocho, el dialecto de los huertanos de Murcia, el día en que alguien se le ocurra oficializarlo. Ni tampoco del bable o del asturiano, que solo utiliza habitualmente una pequeña parte de la población pese a todo lo entrañable o romántico que signifique preservarlo desde el punto de vista identitario. Pero lamentablemente en ello estamos. El argumento de que las lenguas, vehículos para entenderse entre las personas, no dividen a un país sino que lo cohesionan es una de esas tonterías que los hechos se han encargado con frecuencia de refutar en España a lo largo de la historia. Sería hermoso que las lenguas actuasen como un factor cohesionador pero todos sabemos que no es así. Más bien al contrario, han servido para que no nos entendamos, empezando por el deseo de algunos de que todas adquieran la misma dimensión cuando solo una es hablada por todos y no requiere intérpretes. No me referiré esta vez al melón que se está abriendo en Asturias sin un amplio interés que aparentemente lo justifique.

Es indudable que en el Senado, donde empieza a plantearse que se empleen todas las lenguas cooficiales, la única que favorece el entendimiento es la castellana que hasta ahora es la oficial, la que habla todo quisque y no exige, además, traductores. Sin embargo esto que resultaría tan fácil de entender para cualquier persona sensata no se pesca, y como fruto de ello va suponer un coste de un millón de euros del erario en intérpretes y auriculares. Siendo este el coste más bajo; el otro el que nos divide y enciende el debate engancha como argumento cooficialista la estupidez galáctica de que España es un estado plurinacional.

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