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con la historia

La primera paciente del doctor Alzheimer

En 1901 Auguste Deter tenía 51 años. Desde hacía una década, el cerebro había empezado a funcionarle de una manera extraña. Cada vez tenía más dificultad para seguir una conversación, había ido perdiendo la memoria, se comportaba de manera imprevisible y tenía alucinaciones auditivas, porque le parecía que le decían cosas al oído... Su situación iba de mal en peor y llegó a un punto en que su marido, un humilde ferroviario llamado Karl, ya no se podía hacer cargo de ella. La hizo ingresar en un asilo para enfermos mentales de Fráncfort.

Una paciente de alzhéimer, con su nieto.

Se conserva la ficha de la primera visita que le hicieron en el centro, donde le realizaron algunas preguntas para conocer cuál era su estado: «¿Cómo se llama? Auguste. ¿De apellido? Auguste. ¿Cómo se llama su marido? Auguste. ¿Este es el nombre de su marido? Sí, sí, Auguste. ¿Su marido? Ah, mi marido... ¿Está casada? Con Auguste». El entrevistador era el doctor Alois Alzheimer, que estaba ante un caso que marcaría un antes y un después en la historia de la salud mental y que lo haría pasar a la historia.

Alzheimer había nacido en 1864 en Markbreit am Mein y estudió Medicina en Berlín, Tubinga y Wurzburgo, donde se graduó en 1887, el mismo año que obtenía el doctorado. Entonces comenzó a trabajar en el asilo de Fráncfort donde acabaría ingresando Auguste. Uno de sus compañeros de trabajo era el neurólogo Franz Nissl. Juntos formaron un fructífero tándem y publicaron seis volúmenes sobre anatomía normal y patológica de la corteza cerebral.

En 1902 entraron en contacto con el doctor Emil Kraepelin, el psiquiatra más importante de la época, que era un firme partidario de las investigaciones interdisciplinarias. Estaba convencido de que la investigación neuropatológica era fundamental para mejorar la psiquiatría. Un año más tarde, el doctor Alzheimer se incorporó en su equipo de la Real Clínica Psiquiátrica de Múnich, pero eso no le hizo olvidar el caso de Auguste y mantuvo el contacto con sus antiguos colegas de Fráncfort, para que le fueran informando de cómo evolucionaba aquella paciente. Auguste Deter murió el 8 de abril de 1906. Antes de darle sepultura, Alzheimer quiso examinar a aquella pobre mujer. Esto le permitió describir los daños que aquella extraña enfermedad había causado en la corteza cerebral de la paciente.

Alzheimer tenía fama de investigador meticuloso a la hora de describir las observaciones hechas con el microscopio y, ese mismo 1906, los asistentes del Congreso de Psiquiatría de Tubinga lo pudieron comprobar cuando intervino para exponer el caso de Auguste. El problema era que, en aquellos momentos, la psiquiatría alemana estaba dividida en dos grandes tendencias. Una, liderada por Kraepelin, se basaba en la medicina; mientras que la otra, encabezada por Sigmund Freud, buscaba explicaciones en el psicoanálisis. Parece que, en Tubinga, la mayoría del público se decantaba por las teorías freudianas y nadie mostró demasiado interés en la charla de Alzheimer.

Él, sin embargo, seguía convencido de que la enfermedad de Auguste tenía su origen en una atrofia cerebral. Su discípulo, el italiano Gaetano Perusini, también. Y para demostrar que su mentor tenía razón empezó a buscar otros pacientes que presentaran un cuadro similar para estudiarlos. En poco tiempo identificó a tres individuos, de 47, 63 y 67 años, que tenían características concordantes con las de la paciente de Fráncfort. Seguramente, si no hubiera sido por Perusini, a la comunidad científica le hubiera costado mucho más aceptar la existencia de aquella enfermedad, que inicialmente no tenía nombre.

Fue el doctor Emil Kraepelin quien la bautizó como la enfermedad de Alzheimer en 1910, cuando la incorporó a su manual de psiquiatría y la definió como una «forma especialmente grave de demencia senil». La reputación de aquel médico convirtió su libro en un referente para los profesionales de la salud mental de la época, y esto hizo que a partir de ese momento el nombre de Alzheimer quedara ligado para siempre al nombre de una enfermedad devastadora, no solo para quien la padece sino también por los familiares que asisten, impotentes, a la erosión irreversible de sus seres queridos.

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