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Cuatrocientos metros

El 22 de junio de 1688 Johannes Hofer, un joven estudiante de la Facultad de Medicina de la universidad de Basilea presentó, con apenas 19 años, una tesis titulada Dissertatio medica de nostalgia oder Heimweh. El objeto de estudio era una enfermedad que todavía no existía o, mejor dicho, aún no tenía nombre: la nostalgia. Trataba de definir esos ‘delirios melancólicos’ que padecían muchos de los soldados suizos enviados a tierras extranjeras y que sanaban con una curiosa prescripción: un breve viaje a casa. Para ello unió dos vocablos griegos: nostos; regreso y algos; dolor. Expresaba no solo esa pena por lo dejado atrás, sino esa paz de sentirse al fin en casa.

Reconozco cada síntoma al salir del metro que me trae de vuelta tras unos pocos pero intensos días fuera. Apenas me restan los cuatrocientos metros que separan esta estación en mitad de una plaza de lo que ahora es mi casa. Fue al salir de la boca de metro, cuando descubrí la lluvia. Cuatrocientos metros son suficientes para que me moje la lluvia sin llegar al desastre. No es la primera vez que me pasa. Que el invierno o el verano llega de repente mientras he estado ausente. Y me gusta la lluvia tras tantos días de sol lo mismo que el sol tras muchos días de lluvia. Esta alegría de que llueve se suma a la alegría de volver y ya no soy del todo yo sino Gene Kelly cantando bajo la lluvia. Quizá no trepo a una farola cantando I’m singing in the rain, just singing in the rain —denme tiempo—, sino más bien tarareo du-dlu-du-du-du du-dlu-du-du-du bajo la mascarilla, mirando con ojos de niño el mundo alrededor.

Hasta sonrío sinceramente cuando respondo mi primer no, gracias al perdona, ¿tienes un minuto? del par de captadores de oenegés que se me disputan en cuanto piso la plaza. No maldigo al esquivar la caca de perro que el desgraciado del dueño no recogió. No le grito al del patinete que pasa rozándome por la acera en lugar de por su carril. No se nota pero bailo cuando cruzo por entre las mesas de las terrazas, ahora con los toldos desplegados, imaginándome los parentescos de quienes se arremolinan alrededor de unas tazas de café. Siempre hay una anciana esperando en la parada del autobús. Y corrillos de repartidores con mochilas térmicas de vivos colores junto a sus bicicletas. Impacientes, como los solteros, por que entre la larga lista de opciones de una app alguien te prefiera. Hay un grupo de modernos haciendo cola en el restaurante más in de la ciudad. Móvil en mano, preparando hashtags frente las pizarras que anuncian todo el universo organic, healthy, low carb y gluten free. Hay un kiosco de prensa que aún resiste junto al local de jazz que pereció en la pandemia. Hay cabinas de teléfono zombis que nunca he visto usar a nadie. Bares y más bares. La academia de inglés, la administración de lotería con música de los 80 delante del colegio de monjas; el chino que tiene cualquier cosa y si no, te la consigue; el aroma a ropa planchada que escapa de la tintorería y los colores de la floristería de toldo destartalado que procura sombra y cobijo a las paredes repletas de macetas y ramos en oferta. El mendigo a la puerta del súper que te pide un cigarro, o la hora y como caigas, te pide si tienes cinco céntimos y como caigas, da igual cuánto le des, siempre te pide más (y de todos modos, te mira mal). La anciana que toca el violín que es una maravilla (a ella siempre le doy dinero y siempre lo agradece sin mirar siquiera cuánto le has dado). Mi portero, que me saluda pronunciando muy alto mi nombre, como si fuera la señal pactada y me estuviera delatando ante la CIA y, si no espabilo, me acorrala en los buzones para contarme alguna mudanza (siempre hay alguna mudanza), alguna obra (siempre hay alguna obra) o para maldecir el tiempo, ¿has visto? Ya está lloviendo otra vez. Y yo le contesto intentando que suene a despedida que a mí me gusta que llueva.

¡Es que me gusta, du-dlu-du-du-du! En Udaipur subía a la azotea a mirar, simplemente mirar durante horas cómo la lluvia transformaba las casas de celeste apagado a un azul brillante. Aquí también se avivan los colores tierra de las fachadas. Los colores no, pero la lluvia iguala el olor de las ciudades. Son los delirios melancólicos. ¡Qué sería de nosotros si no existiera la palabra nostalgia! «La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos», escribía García Márquez. «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió», cantaba Sabina. Yo la camino como un funambulista, pero hay quien la esquiva subiendo el volumen del televisor. Hay a quien la lluvia le pone triste igual que hay a quien le entristece la ciudad y a mí, ¡que me gustan tanto las personas! Cuantas más me pongan por metro cuadrado, mejor. Cuatrocientos metros rectilíneos desde el metro hasta mi casa. Quinientos setenta pasos exactos si los recorriera directamente. Pero no lo hago. Hace ya mucho que camino como quien llueve… solo por caminar.

@otropostdata

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