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Joaquín Rábago

Una canciller con luces y sombras

Tras dieciséis años en el poder y treinta y uno dedicados a la política, la canciller federal Angela Merkel deja el Gobierno de Berlín, y lo primero que cabe decir es que tal vez su etapa duró demasiado.

Han sido los suyos años difíciles, años de crisis, comenzando con la financiera, a raíz de la quiebra del banco estadounidense Lehman Brothers en 2008 y sus consecuencias desastrosas para el resto del mundo.

Merkel, que gobernaba en coalición con los socialdemócratas garantizó a sus compatriotas que sus ahorros estaban a salvo y logró que el Parlamento aprobara un rescate bancario de 480.000 millones.

La líder cristianodemócrata, que había llegado al poder con ideas claramente neoliberales, imprimió un nuevo rumbo a su Gobierno, reforzando el Estado social con el salario mínimo y diversas ayudas a las familias con hijos.

Pero le faltó al mismo tiempo la voluntad y sobre todo una estrategia clara para poner coto a los excesos de un capitalismo desenfrenado y totalmente irresponsable como había quedado demostrado en la crisis financiera.

Su segunda crisis fue la del euro: Merkel se propuso mejorar la competitividad europea en el plano económico para reforzar al mismo tiempo la posición global del continente en lo político.

Pero estalló en 2009 la crisis de la deuda griega y se produjo una fuerte tensión entre la austeridad reclamada por el Norte y las necesidades de financiación de los países del Sur sin que la canciller lograra contentar a ninguno.

Los mediterráneos denunciaron entonces el egoísmo de los del Norte mientras que éstos acusaban a los primeros de ser cigarras que se dedicaban a cantar y divertirse en lugar de trabajar y ahorrar para el futuro como las hormigas.

«Si fracasa el euro, fracasa Europa», afirmó Merkel en mayo de 2010, y se logró salvar la moneda común, que, entre otras cosas, había permitido a Alemania reforzar su potencia exportadora.

Ni fracasó tampoco la Unión Europea, pero ésta se vería con el tiempo amputada del Reino Unido y sometida además a fuertes tensiones por los egoísmos nacionalistas, el avance de los populismos y de las llamadas democracias «iliberales» como la polaca o la húngara.

Amilanada por quienes en su propio país le reprochaban que hubiese «traicionado los intereses alemanes», Merkel se vio al mismo tiempo acusada de falta de solidaridad por los mediterráneos.

En 2015 se produjo la crisis de los refugiados, y la canciller alemana pronuncio el 31 de agosto de ese año su célebre Wir schaffen das (Lo lograremos), frase que iba a perseguirla en años posteriores.

Pocos días después, el 4 de septiembre, Merkel decidió admitir en Alemania a cientos de miles de refugiados de Irak, Siria, Afganistán y otros países que habían logrado llegar hasta Hungría.

Se desató entonces una ola de solidaridad en una parte importante de la población alemana que causó admiración en el resto del mundo, pero que iba a durar poco.

La llegada de tantos refugiados fue aprovechada por la extrema derecha alemana para atizar el odio al inmigrante e hizo que muchos, sobre todo en la antigua Alemania oriental, donde se había formado Merkel la acusaran de «traidora al pueblo».

El partido Alternativa para Alemania, nacido sobre todo por oposición al euro, se convirtió entonces en una importante fuerza ultranacionalista y claramente xenófoba.

Merkel no consiguió su objetivo de repartir a los refugiados entre los países de la Unión debido a la fuerte oposición de los países del Este, que la acusaron de tratar de imponerles cuotas.

Su alternativa fue la firma de un acuerdo entre la UE y un régimen tan poco apetitoso como la Turquía de Erdogan para que retuviese allí a quienes, huyendo de la miseria o de la guerra, trataban de llegar a la UE.

Otro desafío ha sido la crisis climática: a raíz de la presentación de un informe sobre el aumento de las temperaturas globales, la canciller logró convencer en 2007 al presidente George W. Bush de la conveniencia de colocar la política medioambiental bajo el paraguas de la ONU.

Pero su entusiasmo inicial no duró mucho sino que tuvo altibajos, como critica Der Spiegel. La crisis financiera de 2009 obligó a los alemanes a apretarse el cinturón, y ninguno de los partidos tradicionales parecían tampoco convencidos: les importaba más la economía que la ecología.

Convertido en lobista de la poderosa industria del automóvil, el Gobierno de Angela Merkel trabajó en Bruselas para que la Comisión Europea rebajase los objetivos de reducción de las emisiones de CO2 de los motores de los coches.

Sólo después de la irrupción en 2018 del movimiento estudiantil contra el calentamiento global conocido como Fridays for Future y gracias al crecimiento del partido ecologista Los Verdes, pareció volver a interesar el tema a los gobernantes.

Se fijaron desde Berlín nuevos objetivos, pero con falta de entusiasmo, algo que parece haber contagiado también al cristianodemócrata que aspira a suceder a Merkel al frente del Gobierno: el hasta ahora presidente del land de Renania-Westfalia, Armin Laschet, un político que no entusiasma siquiera a los propios.

Como resume el semanario Der Spiegel en el balance tal vez excesivamente crítico que hace de la etapa Merkel: la canciller federal no se distinguió nunca por un proyecto claramente conservador como la derecha esperaba de ella.

Su política medioambiental, de derechos humanos y de refugiados estaba destinada más bien a satisfacer al campo contrario. Le sobró inteligencia, pero le faltó entusiasmo y también perseverancia. Y sobre todo no parece haber dejado a nadie en su partido capaz de sustituirla.

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