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observatorio

Cómo se redactan las sentencias

Juzgar no es fácil. Pero asumido este postulado inicial, debe añadirse que algunos jueces a veces lo quieren hacer demasiado fácil. Y es que hay dos formas de juzgar. La primera consiste en que el juez tome su decisión tras el análisis de todas las pruebas y normas aplicables al caso concreto, así como de los alegatos al respecto de las partes.

La segunda consiste en tomar una decisión definitiva antes de esos momentos, incurriendo con ello en lo que se llama prejuicio. En algún momento, que puede ser muy inicial o incluso previo al proceso, el juez se convence de la sentencia que debe dictar, y todo lo que escucha, ve o lee a partir de ahí, o le da igual y lo percibe con desinterés, o bien lo reinterpreta falazmente para reafirmar su prejuicio, a veces incluso de manera inconsciente, como ha estudiado la psicología cognitiva a través del llamado sesgo de confirmación.

Es natural que un juez vaya convenciéndose de su decisión durante el proceso, mientras observa todas las actuaciones, pero lo que no es aceptable es que esa decisión la tenga ya tomada prematuramente. Sin embargo, ello es frecuente. Muchas veces se hacen una idea del caso con la lectura inicial de los escritos de las partes, u observando las primeras pruebas o alguna que les impresiona más, y a partir de ese momento es difícil –nunca imposible– que cambien de opinión.

Imaginen lo que ocurre cuando el caso que debe juzgarse tiene un trasfondo ideológico y parten de la base de que no pueden condenar a fulano, o bien que deben imponer una pena tremenda a una determinada persona. Ocurre igual en procesos no penales, cuando se plantean si deben fallar en contra o a favor de los intereses de una empresa, o de cualquier persona a la que ya de antemano deseen proteger o vilipendiar. En ese momento se rompe la imparcialidad judicial, cuando no la independencia –los contornos de ambas son muy difusos–, y justo en ese momento el juez deja de serlo para convertirse en un prevaricador, es decir, en un delincuente. Va a dictar una resolución que sabe perfectamente que es injusta.

Los desvelos por justificar la decisión, a partir de ese momento, son variados. Hay jueces con más desfachatez y otros más sibilinos. Los primeros acaban redactando una sentencia grotesca, con escasa motivación y en la que se ve claramente que lo que querían era dictar el fallo que deseaban y acabar rápido con el tema. Los segundos intentan ser más cuidadosos, y a veces hasta se hacen asesorar formal o informalmente por otros compañeros con los que comentan la posible sentencia, o incluso con profesores universitarios o también con abogados, en ocasiones los de alguna de las partes… Históricamente alguna sentencia –o parte de ella– ha salido, no del ordenador del juez, sino del de alguno de los anteriormente citados. Si bien es natural comentar con otros juristas la cuestión jurídica de un caso, es inaceptable que la sentencia la acaben determinando estos últimos o, tan malo o aún peor, que esos juristas externos se adapten, previo encargo, a la decisión prejuiciosa ya tomada por el juez antes de evaluar los materiales del proceso. De todo ha habido en la historia de los tribunales de todo el mundo.

Todas ellas son malas prácticas que provocan el desprestigio de la justicia, puesto que aunque a veces esos tribunales consigan engañar a algunos observadores, no consiguen jamás que los abogados de las partes no se den cuenta de lo sucedido. El problema es que todo lo que describo es muy difícil de evitar, y en gran medida depende del propio juez.

Porque es dicho juez quien tiene que decidir si quiere ser un juzgador o un delincuente. Y puede naturalmente optar por lo segundo, pero es necesario que sea muy consciente de ello, es decir, que está incumpliendo a sabiendas las leyes de su país que además, por su oficio, debería poner especial empeño en observar. Que no se piense que con sus maniobras está haciendo una especie de «justicia con mayúsculas» que solo se creen él y los fanáticos que comparten su ideología o postura en ese caso. Que no crea que algunos «sacrificios» son necesarios para hacer el bien…

Un proceso judicial no es una guerra en la que se glorifica la salvajada de matar gente. El proceso existe, precisamente, para evitar las guerras.

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